EL CAMINO DE LA VIDA

EL CAMINO DE LA VIDA
EL CAMINO DE LA VIDA. - Every day you may make progress. Every step may be fruitful. Yet there will stretch out before you an ever-lengthening, ever-ascending, ever-improving path. You know you will never get to the end of the journey. But this, so far from discouraging, only adds to the joy and glory of the climb. - Sir Winston Churchill.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Charlotte Rampling.

Charlotte Rampling es una actriz de lujo, que ha trabajado con algunos de los grandes directores (como Lucchino Visconti, Sidney Lumet, Liliana Cavani, Woody Allen, François Ozon, Lars von Trier) y actores del cine (como Dirk Bogarde, para citar un caso luminoso).  Sus películas siempre tienen importancia y algunas de ellas han sido, por lo demás, muy controversiales. 

Pasó de mujer bellísima en su juventud a actriz de carácter en la actualidad, con roles que rayan en la excentricidad, como cuando se enamoró de un mono, o buscaba sexo de alquiler en Haití, o sostuvo una relación sadomasoquista con un gendarme nazi

Tiene una mirada fría, casi glacial ("the look" la llamaba Bogarde), la cual utiliza con maestría para poner a sus personajes a cierta distancia respecto a los demás y, por ende, para hacerlos esencialmente distintos y, por ello muy especiales (como la ex-prisionera en “Portero de noche” o la suegra en "Melancholia" o la madre de la duquesa en "The Ducchess").  No obstante esa distancia –o quizá a causa de ella– sus personajes resultan ser inolvidables.  Me parece que esa mirada la pone en una dimensión especial en las tramas de sus películas, no obstante lo complicadas o terribles sean.

Como dice el amigo Dino Starcevich: una actriz interesante.  A mí me parece, más aún, fascinante.

jueves, 22 de marzo de 2012

"Ubuntu", una historia interesante.

Me enteré sobre cierto antropólogo estudiaba los hábitos y costumbres de una tribu en África.  Debido a que siempre estaba rodeado por niños de la tribu, llenos de curiosidad por su trabajo, decidió hacer algo divertido para probar sus hábitos como grupo.  Consiguió una buena cantidad de caramelos en la ciudad y los puso todos en una canasta decorada con cintas y otros adornos.  Luego, dejó la canasta debajo de un árbol a cierta distancia del centro ceremonial de la villa.

Llamó a los niños y les propuso un juego: que cuando él dijese "¡Ahora!", ellos deberían correr hasta aquel árbol y el primero que llegase a la canasta sería el ganador, y tendría derecho a comerse todos los caramelos él solo. 

Los niños fueron colocados en fila, a la espera de la señal acordada.  Cuando dio la señal, Inmediatamente todos los niños se tomaron de las manos y salieron corriendo juntos hacia la canasta.  Llegaron juntos, y comenzaron a dividir los caramelos, y sentados en el suelo, los comieron felices.

El antropólogo fue a su encuentro muy intrigado y les preguntó por qué habían ido todos juntos a árbol, si sólo uno pudo haber tenido toda la canasta.  Había niños de diversas edades y condiciones físicas y era obvio que alguno pudo superar a los otros en la prueba, de haberla tomado individualmente.


Entonces, los niños respondieron:

  –  “¡Ubuntu!”   

Y luego uno explicó:

  –  “¿Cómo uno de nosotros podría ser feliz si todos los otros quedaban tristes?”

En la tribu, “Ubuntu” es un principio de identidad cultural y significa algo así como "Yo soy porque nosotros somos!"

Sobra decir que son muchas las enseñanzas que podríamos derivar de este comportamiento para Occidente.

Saludos,

Carlos.

 l acordada.

viernes, 9 de marzo de 2012

Rattle y la Filarmónica de Berlín en Nueva York.

Lo vi en marzo en Nueva York, con la Filarmónica de Berlín.  Se presentó en tres conciertos, en Carnegie Hall, con obras compuestas todas con muy pocos años de diferencia, durante la última década del siglo XIX, pero que respondieron en su momento a criterios estéticos y tradiciones musicales diversas, y que tuvieron proyecciones futuras muy diferentes para la historia de la música.  Esas obras fueron: de Gustav Mahler, la Sinfonía No. 2 en do menor (“Resurrección”); de Antonin Dvořák , el poema sinfónico “La rueca dorada”, op. 109; de Claude Debussy, su hermoso Preludio a la siesta de un fauno; de Anton Bruckner, su Sinfonía No. 9 en re menor (¡en una versión terminada de tres movimientos!); de Arnold Schönberg, su poema sinfónico “Noche transfigurada”, op. 4; de Hugo Wolf, algunos de sus lieder para mezzo y orquesta; y, de Edward Elgar, sus famosas Variaciones sobre un tema original (“Enigma”), op. 36.

El contraste –no obstante la proximidad cronológica de las obras– fue riquísimo como experiencia musical.  El sonido fue, literalmente, el equivalente a un “lujo asiático”.
Rattle es un director de largo plazo.  Una inversión que, al lado de esta orquesta, debe rendir frutos de una calidad superlativa.  Desde que era casi un chiquillo, en Birmingham, Herbert von Karajan lo tenía visto para que se hiciera cargo de la Filarmónica.  Creo que todavía no ha dado todo lo que puede, pero tenemos tiempo, afortunadamente, para recibir muchas cosechas extraordinarias de su batuta.
Sobre las presentaciones en Carnegie Hall, recomiendo como lectura lo siguiente:


jueves, 1 de marzo de 2012

The Artist: la "mejor" película del año

Ayer vi, finalmente, "The Artist", que se me había quedado. 

La película está extraordinariamente bien construida, el héroe es ciertamente simpático, la muchacha encantadora, la trama sencilla pero muy eficaz, la música es magnífica, la fotografía muy bien lograda, y el homenaje es claro, evidente y también elegante al cine mudo y a los años en los que se desarrolló.

“The Artist” se disfruta enormemente.  Es una obra que reboza cariño por el cine de esa época y por todo el séptimo arte en general.  Está hecha con meticulosidad y buen gusto, y merece todo reconocimiento en ese tanto.  Lo complicado acá –se me ocurre– es verla en contraste con otras formas de hacer cine; es decir, en el contexto de una competencia por un premio a la “mejor película” del ao, pues la apreciación que tengamos por ella va a depender de contra quién o qué compita.

Ya sé que el tema se discutió con cierto detalle en este foro, pero no opiné en el momento, por no haber visto la película antes.  Se la anunció como candidata segura al Óscar y se lo llevó, dejando en el camino a una competencia de lo más variopinta. 

Si analizamos la lista de las que llegaron allí para competir, “Hugo” era mi candidata favorita dentro de lo convencional, y “The Tree of Life” era mi preferida dentro del llamado “cine de autor”.  Si vemos las que no llegaron, debo insistir (como ya lo han hecho algunos acá) que eché de menos a “Melancholia”, también un ejemplo de “cine de autor”.  Cualquiera de estas últimas dos películas me dejó más, en lo personal, que “The Artist”.

Me encantó “Hugo”, según había dicho meses atrás, pero, como “The Artist”, “Hugo” es un homenaje al cine en sus orígenes, así que la Academia haya preferido a una sobre la otra no me duele especialmente.  Ambas me gustaron lo suficiente para recordarlas en lo sucesivo con agrado.  “Midnight in Paris” es otro homenaje a años idos; hay que hacer –como dije hace algún tiempo– concesiones a esta película para disfrutarla, pero creo que hay acuerdo en que no era una cinta para premiar como la “mejor del año”.  Las otras películas son dramas bien hechos, que tampoco podían aspirar –creo yo– a ser consideradas como la “mejor”. 

Allí donde “The Artist” es un hermoso artificio, un divertimento de alta calidad para entretenernos, “Melancholia” y “The Tree of Life” tienen, en cambio, planteamientos más poéticos y de mucho más fondo, los cuales –los aceptemos o no como se presentan– nos ponen a pensar, nos inquietan y nos marcan.  Eso no existe en “The Artist” ni por asomo, porque nunca fue su intención que así fuera y porque obviamente no calzaba en su concepto de película.  Habrá que ver cuál será el peso de cada una de estos tres filmes a la vuelta de veinte años, cuando los veamos nuevamente, un día que busquemos una película que nos llamó la atención en su momento.

Claro que todo esto es un tema de gustos, y es también claro que yo prefiero este último tipo de cine (el cine de mayor contenido) al cine-espectáculo o al cine-entretención, pero siendo una opinión personal, la externo para no embucharla tras haber visto todas las cintas que llegaron a la “final” oscarina.

Saludos,

lunes, 27 de febrero de 2012

Reseña de cine: "Un método peligroso"

Tratar dramas históricos en el cine siempre es problemático, debido a la necesidad de sintetizar, en el espacio aproximado de dos horas, lo esencial de aquella situación que el director desea mostrarnos, sin faltar por ello a la verdad o distorsionar lo ocurrido.  En el caso de situaciones más o menos recientes, o que están documentadas, los riesgos son mayores, por la posibilidad de pecar con sesgos ideológicos o axiológicos en la presentación del tema, o caer en problemas de literalidad en la forma de exponer la trama.

Esta tarde vi “Un método peligroso”(no sé si ese es el título oficial en español), la película de David Cronenberg, que trata sobre la relación entre dos personajes famosos del psicoanálisis: Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Carl Jung (Michael Fassbender), en el contexto del tratamiento de una paciente (Sabina Spielrein, protagonizada por Keira Knightley), quien con el tiempo terminaría siendo una importante psicoanalista por derecho propio. 

La historia transcurre en los primeros años del siglo XX, cuando muchas cosas ocurrían en Europa: el viejo orden estaba por caer en la pesadilla de la Primera Guerra Mundial, que constituyó un acomodo político y social de enorme magnitud; el materialismo marxista estaba por apoderarse de Rusia, para comenzar a ejercer su influencia sobre todo el este europeo; los judíos se veían cada vez más marginados en la Europa central, en preparación para lo que vendría unas décadas más tarde; Freud iniciaba una revolución que tocaba puntos medulares de la conciencia histórica, adentrándose en los mundos de la psiquis y la sexualidad, hasta entonces prácticamente desconocidos; y, la ciencia comenzaba a auscultar conceptos que eventualmente pondrían el rígido ordenamiento moderno de Galileo y Newton en términos de verdadera “relatividad”.   Si a lo anterior sumamos el peso del nihilismo de Nietzsche y del pesimismo de Schopenhauer sobre el pensamiento filosófico; las revoluciones estéticas que significaron las obras de Matisse y Picasso en las artes plásticas, o Debussy y Stravinsky en la música; así como el poder creciente de la burguesía frente a las anquilosadas estructuras monárquicas, o las ansias de dominación de las potencias de entonces, se comprenderá que Europa estaba en una verdadera crisis de valores que sólo necesitaba de una excusa para detonar a gran escala.

Este es el contexto que subyace a la película y que sirve como fondo al encuentro y posterior separación de Freud y Jung en la época en la que nace el psicoanálisis.  La relación entre ellos tiene muchas aristas.  Hay mutua admiración y celos a la vez.  Hay una relación de tutor y pupilo (real o ilusoria, según quien la mire) y, de algún modo, una relación edípica, casi amorosa entre los personajes (si bien apenas manifestada).  En el medio, Sabina Spielren tiene sus propias complicaciones, aquejada por un caso agudo de histeria que los “expertos” Jung y Freud se apresuran a tratar como mejor pueden, si bien no siempre en total apego a la ética profesional.

La película se inicia en torno al caso clínico de Sabina, pero termina como un drama personal que envuelve a los tres personajes principales.  Así, frente a la afectación personal con la que se inicia la película, que aqueja a una emocional Sabina frente al frío cientificismo de Jung, acabamos con un estado de dolores y resentimientos de diverso molde que afectan a una Sabina ya rehabilitada o “normalizada”, a un Jung que se ha entregado con pocas reservas a sus propios demonios personales y un Freud que no logra conectar emocionalmente con sus semejantes, como no sea desde el pedestal del analista que está por encima de sus pacientes.

El filme empieza a bordo de un viejo carruaje, que avanza histéricamente hacia un sanatorio suizo, para que Sabina sea atendida por un frío y perfectamente controlado Jung, y termina en un compartimiento de un moderno ferrocarril, que se aleja suavemente de Zürich, con una Sabina que experimenta emociones igualmente fuertes, pero que esta vez ella controla, luego de dejar a un Jung vulnerado para siempre.  Freud ha quedado atrás para ambos, en el ostracismo de una Viena que ninguno de ellos visitará más, incapaz de relacionarse con ellos (o probablemente con nadie) desde su torre de marfil.

El tema es el nacimiento del psicoanálisis, desde las perspectivas que aportan cada uno de los protagonistas, pero de camino trata de mostrarnos a estos últimos como seres humanos, en sus aspectos más logrados y también los más fallidos.  El “análisis”, como término clínico, se convierte en la metodología/lenguaje por la que los protagonistas se relacionan, lo que hace que los diálogos sean un poco pesados y la relación entre cada personaje bastante formal.  El contraste es evidente cuando los aspectos más instintivos de cada cual (especialmente de Jung) salen a la superficie, como una especie de “Mr. Hyde”, para apoderarse de la fachada formal que, como buen “Dr. Jeckyll”, éste trata de mantener del modo más circunspecto posible, a tono con los convencionalismos de la época.

Ese contraste claramente representa la lucha entre los deseos y emociones más ingobernables de cada cual (el “ello” freudiano), frente a los esfuerzos del “yo” (“ego”) para conformarse al patrón social (“superyó”), mediante la dominación y el confinamiento consciente de esos instintos.

Cronenberg escoge a este trío de personajes para contar una historia interesante. Sin embargo, el análisis parece frío, como si estuviera explicando más un caso clínico que un drama pasional.  La manía de cada personaje de analizar a los otros dos ciertamente contribuye a dar esta sensación.

La visión de Freud es pragmática, metódica y científica, mientras que la posición de Jung es idealista, con propensión a lo místico y lo acientífico.  La discordancia entre estas dos maneras de analizar el mundo hace que el conflicto sea inevitable entre ambos, aunque traten de negarlo.  Frente a ello, la “animalidad” de Sabina ofrece el contraste apropiado para que Jung y Freud colaboren, choquen y discutan, cada cual sin abandonar sus perspectivas.  Vincent Cassel aparece brevemente en escena, para ilustrar la posición de Otto Gross, un analista desequilibrado, cínico y hasta charlatán (una mala influencia, podría decirse) dentro del drama establecido.

Los personajes exhiben sus contradicciones (esto es, su humanidad) dentro de lo complicado de sus posturas profesionales.  Gracias al caso de Sabina nos damos cuenta de lo tormentoso y doloroso que puede resultar la vida en sociedad y, específicamente, lo que Freud tituló luego el “malestar de la cultura”.  Jung muestra el conformismo del hombre occidental con la vida material (su esposa es rica y sumisa) y su doble moral para satisfacer sus instintos más primarios, sin abandonar por ello el confort de su vida burguesa.  Freud ejemplifica la soledad del intelectual, que tiene dificultades para relacionarse con su medio, más allá de teorizar al respecto y mirar con cierto desdén olímpico al común de la gente.

La película me pareció valiosa, aunque –como dije– un poco “académica”.  Se esfuerza mucho por tratar temas teóricos, como una especie de clase ilustrativa sobre las razones para el rompimiento de Freud con Jung o de Jung con Freud, según se quiera ver esa disputa.  Sin embargo, pueden detectarse algunas fallas en la presentación.  Por ejemplo, el filme ignora mucho de lo desarrollado por Freud sobre el inconsciente, para concentrarse en los aspectos sexuales de sus teorías, aunque sin profundizarlos, todo lo cual constituye una visión limitada del genio pionero de este autor.  Es evidente que Freud dio en el clavo al relacionar nuestras experiencias sexuales con nuestra forma de ser y de pensar, pero las implicaciones de sus teorías son mucho más ricas que ese vínculo fundamental (pero parcial) de la existencia humana. 

Por otra parte, la cinta habla del psicoanálisis como una disciplina que responde ya sea a la visión de Freud o a la visión de Jung, cuando en realidad el psicoanálisis es algo mucho más rico y complejo, que toma aspectos de cada uno de estos autores y que, además, ha recibido también aportes importantes de otros estudiosos en el campo, para dar una vocación humanista a esta disciplina profesional. 

El diálogo de la película es algo complicado pero muy inteligente, como cabría esperar de Cronenberg y de un tema como este.  Sin embargo, me parece que a la película le falta un poco de vitalidad.  En ese sentido (quizá por la presentación de la película como la relación de un trío principal y, ciertamente, por el tipo de personajes involucrados), es apropiado hacer un paralelismo entre este filme y “Más allá del bien y el mal”, la película de Liliana Cavani que vi hace muchos años en una Sala Garbo que aún recuerdo con cariño.  Acá también tenemos un trío ambivalente, formado por tres interesantes personajes que pertenecieron a una generación anterior a la de los protagonistas de “Un método peligroso”: Friedrich Nietzsche, Paul Rée y Lou Andreas Salomé.

En ambos casos estamos ante un guión basado en hechos reales, si bien interpretado con ciertas libertades. En ambas películas tenemos una figura parental, cuya autoridad es controvertida; una figura más joven, que no puede ni quiere seguir a la más vieja; y, una figura femenina, dispuesta a vivir en libertad, por encima de los condicionamientos sociales a su derredor.

De “Más allá del bien y el mal” se ha dicho que es un filme que “se compromete con el libre pensamiento por absurdo que parezca; se compromete con el arrasamiento de las costumbres morales que deniegan el derecho al placer y a la libre inclinación sexual; se arriesga a sacudir toda moral que ancle o que pretenda anular el derecho a vivir, con libertad, el lado oscuro que subyace en cada ser humano…”  De “Un método peligroso” podría haberse dicho algo similar, si Cronenberg hubiera querido explorar con mayor profundidad las implicaciones de este triángulo que, si bien no participa de los mismos vínculos emocionales entre sus miembros de la película de Cavani, sí parte de principios filosóficos que van contra muchos de los convencionalismos más establecidos de la sociedad occidental.

En una entrevista que le realizaron cuando “Más allá del bien y el mal” provocó el escándalo que comprensiblemente hubo tras su difusión, Liliana Cavani dijo que toda obra de arte hace pensar y cumple una función terapéutica porque obliga a desempolvar los miedos que llevamos escondidos en el alma.  Si escudriñamos lo suficiente en las características de “Un método peligroso”, nos damos cuenta de que justamente allí reside la posibilidad de que este película hubiera alcanzado el status de obra fundamental que, en mi opinión, no logra, porque no tomó el riesgo de ir más allá de la exposición si se quiere lineal –esto es, un tanto plana–  de las ideas de cada personaje.

No es casualidad que Cronenberg se haya interesado por hacer esta película, luego de sus trabajos previos, que andan cerca de los aspectos inconscientes de la vida humana.  Sin embargo, a diferencia de directores como Ken Russell, Cronenberg es un creador más cerebral; es decir, más reservado y cuidadoso, y menos  propenso, por lo tanto, a dejarse ir en un frenesí de imágenes y emociones.  Creo que ese auto-freno, que resultó en ventajas importantes en películas previas, podría haber actuado en contra de “Un método peligroso” en este caso, al restarle riesgos que podrían haber generado más profundidad en el estudio de los personajes y sus relaciones.

“Un método peligroso” es una película bastante buena que merece verse.  Independientemente de las limitaciones apuntadas, creo justo decir que el filme constituyes un esfuerzo valioso e interesante por presentar un mundo que en ese momento se transformaba por conducto de personalidades sin las cuales nos costaría mucho explicar lo que actualmente tenemos como temas consolidados.  La película, en efecto, expone ideas y lo hace con toda dignidad, aunque no hubiera llegado –como quizá pudo– al fondo del asunto. 

Un crítico dijo una vez que en toda trama debe haber fundamentalmente ideas y que una trama es buena cuando reconoce el poder erótico de las ideas, que se presentan en forma insinuante –y a veces brutal– para seducir o conquistar a quienes son objeto de su atención.  En estos casos, cualquiera que sea el intercambio, las ideas despiertan pasión y redundan en frutos especiales, nuevos planteamientos que eventualmente repetirán esa vorágine.  Esa dialéctica es justamente lo erotizante de la manifestación de ideas, por el proceso creador que desencadena de seducción y reproducción irrefrenables.

Cuando las ideas se presentan de manera estimulante, ante un público ávido de escucharlas e interpretarlas, la trama será especialmente significativa por su capacidad para abarcar ámbitos más amplios de entendimiento y también de sentimiento.  Me parece que “Un método peligroso” cumple ese cometido, si bien podría haber sido cataclísmica de haber contado con esa última chispa de apasionamiento que, en lo personal, echo de menos en la película.

En cuanto a las interpretaciones, éstas son de excelente calidad.  Fassbender es un gran actor, como lo probó recientemente en “Shame”.  Su papel en “Un método peligroso” es convincente.  Representa a Carl Jung como un típico protestante, impecablemente vestido, de pelo y bigote bien cuidados, discreto y controlado en sus actos y apariencias.  Cuando sus demonios salen a floración, vemos sus dudas y angustia claramente reflejadas en su casi imperturbable presencia.  Sólo lo vemos perder la compostura en presencia de Sabina, ante quien pareciera no tener defensas.  Los momentos de mayor expresividad entre ellos son bastante fuertes, e incluso perversos, con un Jung transformado (ya lo comparamos con Mr. Hyde) y una Sabina que exuda energía animal a raudales; es decir, una energía primaria, muy femenina y por ello completamente misteriosa para el sensible Jung.

Viggo Mortensen tiene la difícil tarea de encarnar a Freud, todo un ícono cultural del siglo XX.  Lo hace con dejos de humor, calidez y, por supuesto, vanidad, lo que restablece la humanidad de este gigante para que, como espectadores, nos relacionemos con él y comprendamos el valor de sus aportes y también sus limitaciones.

Keira Knightley tiene el papel más llamativo del filme.  Como paciente que acaba siendo analista, a ratos sobreactúa pero ello no afecta la película, pues esto hace que su personaje, víctima de la histeria, sea más creíble y retorcido, si se quiere como contraste con la tranquilidad casi inocente del personaje de Jung.  Esa expresividad también hace más creíble que sea el personaje de Sabina quien tome la iniciativa en romper la pasiva circunspección de Jung, para que éste se desborde en todos los aspectos éticos de su vida matrimonial y profesional.

En fin, una película interesante que les recomiendo ver.  Sus limitaciones no hacen sino subrayar los atractivos de la trama y el tema en general de la película.  Véanla, si no lo han hecho,  por las ideas que aporta y por lo que esas ideas son capaces de generar en ustedes

Saludos,

domingo, 11 de diciembre de 2011

Los mejores filmes de 2011.

El crítico de cine del prestigioso diario inglés The Guardian, Peter Bradshaw (1962-), acaba de publicar su lista de las "mejores películas" del año.

Sobresalen:
  • “The Artist”, de Michel Hazanavicius (1967-)
  • “A Separation”, de Asghar Farhadi (1972-)
  • “Tinker Tailor Soldier Spy”, de Tomas Alfredson (1965-)
  • “Poetry”, de Lee Chang-dong (1954-)
  • “The Tree of Life”, de Terrence Malick (1943-)
  • “Le Quattro Volte”, de Michelangelo Frammartino (1968-)
  • “We Need to Talk About Kevin”, de Lynne Ramsay (1969-)
  • “Carne trémula”, de Pedro Almodóvar (1949-)
  • “My Week With Marilyn”, de Simon Curtis (1960-)
  • “Beginners”, de Mike Mills (1966-)
  • “Melancholia”, de Lars von Trier (1956-)
  • “Potiche”, de François Ozon (1967-)
  • Incendies”, de Denis Villeneuve (1967-)
  • “Midnight in Paris”, de Woody Allen (1935-)

Comparto la lista con Uds.:

http://www.theguardian.com/culture/2011/dec/04/best-film-2011-peter-bradshaw

sábado, 5 de noviembre de 2011

Penderecki: el compositor favorito de las películas de terror. 

Hace unos años, mientras cursaba una maestría en Humanidades, tuvimos un curso de historia de la música, a cargo de Jordi Antich.  Luego de hacernos todo el recorrido de la música, desde la Antigüedad hasta inicios del siglo XX, Jordi nos planteó un reto interesante: nos asignó, como trabajo final, una investigación sobre autores de música culta contemporánea.

El trabajo consistía en buscar información, incluyendo grabaciones, de alguno de estos músicos (Jordi
los escogió para cada cual) para presentarlos en clase.  Mi compositor-tema fue Krzysztof  Penderecki, nacido en Polonia en 1933, y autor de obras de raigambre variada, conforme ha evolucionado su estilo.

Pese a mi afición por la música clásica, yo nunca había oído nada de Penderecki, por lo que entré en esta aventura sin mayor sospecha de lo que tenía entre manos.  Aprovechando un viaje a Miami con mi esposa, entré en una discoteca de las que entonces había para la compra de discos (un Virgin Megastore en este caso) --eran los tiempos pre-Amazon-- y me fue fácil localizar algunos CDs de este compositor.   Los compré y, con la excusa de la investigación, puse uno de ellos en el tocadiscos del carro que habíamos alquilado mientras nos dirigíamos a un centro comercial.  El CD escogido fue "Threnody para las víctimas de Hiroshima".  Para hacer el cuento corto, el disco duró 4 minutos o menos en el tocadiscos, ante el reclamo airado de Ana, quien consideró la obra (lo poquito que había oído) insoportable.  Obviamente guardé el disco, con una leve protesta de mi parte, aunque horrorizado, al igual que Ana, del fragmento escuchado.

Ya de vuelta en casa, con los audífonos del caso, escuché (sufrí) el disco hasta el final.  Está claro que el deseo del compositor era reflejar el horror de las víctimas de la primera bomba atómica, cosa que logra con creces.  La pieza crea tal angustia y dolor en los que la escuchan que el efecto es verdaderamente perturbador, cuando no deprimente.

La obra la presenté en clase.  El efecto en los compañeros fue el que se imaginarán.  Jordi quedó encantado.

Tiempo después, con calma, he oído otras cosas de Penderecki, como su Segunda sinfonía.  Corroboré lo que leí, en el sentido de que ese sonido astringente, angustiado y a veces horrífico de su Threnody, que data de 1960, o de su Pasión según san Lucas, que es de 1965, evolucionó hacia formas más tonales y convencionales, cercanas al neo-romanticismo de Anton Bruckner (1824-1896).

Como indica un autor, el cambio de estilo obedece al convencimiento de Penderecki de que la experimentación vanguardista había perdido horizonte, respecto a la herencia musical de Occidente.  Cuando se interrogó al compositor sobre este viraje dijo:

“El vanguardismo dio la ilusión de un lenguaje musical universal, no sujeto a convencionalismos culturales de carácter local.  El mundo musical de Karl-Heinz Stockhausen (1928-2007), Luigi Nono (1924-1990), Pierre Boulez (1925-) y John Cage (1912-1992) era una especie de liberación para nosotros, los jóvenes de entonces –anclados en la estética del realismo socialista, que era, por ese entonces, el canon oficial en nuestro país [la Polonia comunista de mediados del siglo XX]. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que esta novedad, esta experimentación y especulación formal, era más destructiva que constructiva.  Me di cuenta de la naturaleza utópica de este tono prometeico”.


Para Penderecki, su regreso a la música tonal tradicional lo salvó de la trampa vanguardista del formalismo.  Sin embargo, su paso por esa etapa descarnada y atonal no estuvo exenta de beneficios, no sólo económicos (por el pago de regalías), sino de fama.  Entre otras cosas, la música de Penderecki ha sido clave en crear la atmósfera necesaria para ciertos clásicos del cine de terror contemporáneo: él es el compositor de la música de películas como "El exorcista" (1973), de William Friedkin (1935-); "El resplandor" (1980), de Stanley Kubrick (1928-1999); "Inland Empire" (2006), de David Lynch (1946-); y,"Shutter Island" (2010) de Martin Scorsese (1942-),

Los invito a "probar" al Penderecki de los años 60.  Van a quedar tan horrorizados como mi pobre esposa.  La verdad es que ella tenía razón.  

Entre tanto, les dejo este enlace:

http://www.theguardian.com/film/2011/nov/03/krzysztof-pendercki-horror-soundtracks-david-lynch