EL CAMINO DE LA VIDA

EL CAMINO DE LA VIDA
EL CAMINO DE LA VIDA. - Every day you may make progress. Every step may be fruitful. Yet there will stretch out before you an ever-lengthening, ever-ascending, ever-improving path. You know you will never get to the end of the journey. But this, so far from discouraging, only adds to the joy and glory of the climb. - Sir Winston Churchill.

viernes, 9 de marzo de 2012

Rattle y la Filarmónica de Berlín en Nueva York.

Lo vi en marzo en Nueva York, con la Filarmónica de Berlín.  Se presentó en tres conciertos, en Carnegie Hall, con obras compuestas todas con muy pocos años de diferencia, durante la última década del siglo XIX, pero que respondieron en su momento a criterios estéticos y tradiciones musicales diversas, y que tuvieron proyecciones futuras muy diferentes para la historia de la música.  Esas obras fueron: de Gustav Mahler, la Sinfonía No. 2 en do menor (“Resurrección”); de Antonin Dvořák , el poema sinfónico “La rueca dorada”, op. 109; de Claude Debussy, su hermoso Preludio a la siesta de un fauno; de Anton Bruckner, su Sinfonía No. 9 en re menor (¡en una versión terminada de tres movimientos!); de Arnold Schönberg, su poema sinfónico “Noche transfigurada”, op. 4; de Hugo Wolf, algunos de sus lieder para mezzo y orquesta; y, de Edward Elgar, sus famosas Variaciones sobre un tema original (“Enigma”), op. 36.

El contraste –no obstante la proximidad cronológica de las obras– fue riquísimo como experiencia musical.  El sonido fue, literalmente, el equivalente a un “lujo asiático”.
Rattle es un director de largo plazo.  Una inversión que, al lado de esta orquesta, debe rendir frutos de una calidad superlativa.  Desde que era casi un chiquillo, en Birmingham, Herbert von Karajan lo tenía visto para que se hiciera cargo de la Filarmónica.  Creo que todavía no ha dado todo lo que puede, pero tenemos tiempo, afortunadamente, para recibir muchas cosechas extraordinarias de su batuta.
Sobre las presentaciones en Carnegie Hall, recomiendo como lectura lo siguiente:


jueves, 1 de marzo de 2012

The Artist: la "mejor" película del año

Ayer vi, finalmente, "The Artist", que se me había quedado. 

La película está extraordinariamente bien construida, el héroe es ciertamente simpático, la muchacha encantadora, la trama sencilla pero muy eficaz, la música es magnífica, la fotografía muy bien lograda, y el homenaje es claro, evidente y también elegante al cine mudo y a los años en los que se desarrolló.

“The Artist” se disfruta enormemente.  Es una obra que reboza cariño por el cine de esa época y por todo el séptimo arte en general.  Está hecha con meticulosidad y buen gusto, y merece todo reconocimiento en ese tanto.  Lo complicado acá –se me ocurre– es verla en contraste con otras formas de hacer cine; es decir, en el contexto de una competencia por un premio a la “mejor película” del ao, pues la apreciación que tengamos por ella va a depender de contra quién o qué compita.

Ya sé que el tema se discutió con cierto detalle en este foro, pero no opiné en el momento, por no haber visto la película antes.  Se la anunció como candidata segura al Óscar y se lo llevó, dejando en el camino a una competencia de lo más variopinta. 

Si analizamos la lista de las que llegaron allí para competir, “Hugo” era mi candidata favorita dentro de lo convencional, y “The Tree of Life” era mi preferida dentro del llamado “cine de autor”.  Si vemos las que no llegaron, debo insistir (como ya lo han hecho algunos acá) que eché de menos a “Melancholia”, también un ejemplo de “cine de autor”.  Cualquiera de estas últimas dos películas me dejó más, en lo personal, que “The Artist”.

Me encantó “Hugo”, según había dicho meses atrás, pero, como “The Artist”, “Hugo” es un homenaje al cine en sus orígenes, así que la Academia haya preferido a una sobre la otra no me duele especialmente.  Ambas me gustaron lo suficiente para recordarlas en lo sucesivo con agrado.  “Midnight in Paris” es otro homenaje a años idos; hay que hacer –como dije hace algún tiempo– concesiones a esta película para disfrutarla, pero creo que hay acuerdo en que no era una cinta para premiar como la “mejor del año”.  Las otras películas son dramas bien hechos, que tampoco podían aspirar –creo yo– a ser consideradas como la “mejor”. 

Allí donde “The Artist” es un hermoso artificio, un divertimento de alta calidad para entretenernos, “Melancholia” y “The Tree of Life” tienen, en cambio, planteamientos más poéticos y de mucho más fondo, los cuales –los aceptemos o no como se presentan– nos ponen a pensar, nos inquietan y nos marcan.  Eso no existe en “The Artist” ni por asomo, porque nunca fue su intención que así fuera y porque obviamente no calzaba en su concepto de película.  Habrá que ver cuál será el peso de cada una de estos tres filmes a la vuelta de veinte años, cuando los veamos nuevamente, un día que busquemos una película que nos llamó la atención en su momento.

Claro que todo esto es un tema de gustos, y es también claro que yo prefiero este último tipo de cine (el cine de mayor contenido) al cine-espectáculo o al cine-entretención, pero siendo una opinión personal, la externo para no embucharla tras haber visto todas las cintas que llegaron a la “final” oscarina.

Saludos,

lunes, 27 de febrero de 2012

Reseña de cine: "Un método peligroso"

Tratar dramas históricos en el cine siempre es problemático, debido a la necesidad de sintetizar, en el espacio aproximado de dos horas, lo esencial de aquella situación que el director desea mostrarnos, sin faltar por ello a la verdad o distorsionar lo ocurrido.  En el caso de situaciones más o menos recientes, o que están documentadas, los riesgos son mayores, por la posibilidad de pecar con sesgos ideológicos o axiológicos en la presentación del tema, o caer en problemas de literalidad en la forma de exponer la trama.

Esta tarde vi “Un método peligroso”(no sé si ese es el título oficial en español), la película de David Cronenberg, que trata sobre la relación entre dos personajes famosos del psicoanálisis: Sigmund Freud (Viggo Mortensen) y Carl Jung (Michael Fassbender), en el contexto del tratamiento de una paciente (Sabina Spielrein, protagonizada por Keira Knightley), quien con el tiempo terminaría siendo una importante psicoanalista por derecho propio. 

La historia transcurre en los primeros años del siglo XX, cuando muchas cosas ocurrían en Europa: el viejo orden estaba por caer en la pesadilla de la Primera Guerra Mundial, que constituyó un acomodo político y social de enorme magnitud; el materialismo marxista estaba por apoderarse de Rusia, para comenzar a ejercer su influencia sobre todo el este europeo; los judíos se veían cada vez más marginados en la Europa central, en preparación para lo que vendría unas décadas más tarde; Freud iniciaba una revolución que tocaba puntos medulares de la conciencia histórica, adentrándose en los mundos de la psiquis y la sexualidad, hasta entonces prácticamente desconocidos; y, la ciencia comenzaba a auscultar conceptos que eventualmente pondrían el rígido ordenamiento moderno de Galileo y Newton en términos de verdadera “relatividad”.   Si a lo anterior sumamos el peso del nihilismo de Nietzsche y del pesimismo de Schopenhauer sobre el pensamiento filosófico; las revoluciones estéticas que significaron las obras de Matisse y Picasso en las artes plásticas, o Debussy y Stravinsky en la música; así como el poder creciente de la burguesía frente a las anquilosadas estructuras monárquicas, o las ansias de dominación de las potencias de entonces, se comprenderá que Europa estaba en una verdadera crisis de valores que sólo necesitaba de una excusa para detonar a gran escala.

Este es el contexto que subyace a la película y que sirve como fondo al encuentro y posterior separación de Freud y Jung en la época en la que nace el psicoanálisis.  La relación entre ellos tiene muchas aristas.  Hay mutua admiración y celos a la vez.  Hay una relación de tutor y pupilo (real o ilusoria, según quien la mire) y, de algún modo, una relación edípica, casi amorosa entre los personajes (si bien apenas manifestada).  En el medio, Sabina Spielren tiene sus propias complicaciones, aquejada por un caso agudo de histeria que los “expertos” Jung y Freud se apresuran a tratar como mejor pueden, si bien no siempre en total apego a la ética profesional.

La película se inicia en torno al caso clínico de Sabina, pero termina como un drama personal que envuelve a los tres personajes principales.  Así, frente a la afectación personal con la que se inicia la película, que aqueja a una emocional Sabina frente al frío cientificismo de Jung, acabamos con un estado de dolores y resentimientos de diverso molde que afectan a una Sabina ya rehabilitada o “normalizada”, a un Jung que se ha entregado con pocas reservas a sus propios demonios personales y un Freud que no logra conectar emocionalmente con sus semejantes, como no sea desde el pedestal del analista que está por encima de sus pacientes.

El filme empieza a bordo de un viejo carruaje, que avanza histéricamente hacia un sanatorio suizo, para que Sabina sea atendida por un frío y perfectamente controlado Jung, y termina en un compartimiento de un moderno ferrocarril, que se aleja suavemente de Zürich, con una Sabina que experimenta emociones igualmente fuertes, pero que esta vez ella controla, luego de dejar a un Jung vulnerado para siempre.  Freud ha quedado atrás para ambos, en el ostracismo de una Viena que ninguno de ellos visitará más, incapaz de relacionarse con ellos (o probablemente con nadie) desde su torre de marfil.

El tema es el nacimiento del psicoanálisis, desde las perspectivas que aportan cada uno de los protagonistas, pero de camino trata de mostrarnos a estos últimos como seres humanos, en sus aspectos más logrados y también los más fallidos.  El “análisis”, como término clínico, se convierte en la metodología/lenguaje por la que los protagonistas se relacionan, lo que hace que los diálogos sean un poco pesados y la relación entre cada personaje bastante formal.  El contraste es evidente cuando los aspectos más instintivos de cada cual (especialmente de Jung) salen a la superficie, como una especie de “Mr. Hyde”, para apoderarse de la fachada formal que, como buen “Dr. Jeckyll”, éste trata de mantener del modo más circunspecto posible, a tono con los convencionalismos de la época.

Ese contraste claramente representa la lucha entre los deseos y emociones más ingobernables de cada cual (el “ello” freudiano), frente a los esfuerzos del “yo” (“ego”) para conformarse al patrón social (“superyó”), mediante la dominación y el confinamiento consciente de esos instintos.

Cronenberg escoge a este trío de personajes para contar una historia interesante. Sin embargo, el análisis parece frío, como si estuviera explicando más un caso clínico que un drama pasional.  La manía de cada personaje de analizar a los otros dos ciertamente contribuye a dar esta sensación.

La visión de Freud es pragmática, metódica y científica, mientras que la posición de Jung es idealista, con propensión a lo místico y lo acientífico.  La discordancia entre estas dos maneras de analizar el mundo hace que el conflicto sea inevitable entre ambos, aunque traten de negarlo.  Frente a ello, la “animalidad” de Sabina ofrece el contraste apropiado para que Jung y Freud colaboren, choquen y discutan, cada cual sin abandonar sus perspectivas.  Vincent Cassel aparece brevemente en escena, para ilustrar la posición de Otto Gross, un analista desequilibrado, cínico y hasta charlatán (una mala influencia, podría decirse) dentro del drama establecido.

Los personajes exhiben sus contradicciones (esto es, su humanidad) dentro de lo complicado de sus posturas profesionales.  Gracias al caso de Sabina nos damos cuenta de lo tormentoso y doloroso que puede resultar la vida en sociedad y, específicamente, lo que Freud tituló luego el “malestar de la cultura”.  Jung muestra el conformismo del hombre occidental con la vida material (su esposa es rica y sumisa) y su doble moral para satisfacer sus instintos más primarios, sin abandonar por ello el confort de su vida burguesa.  Freud ejemplifica la soledad del intelectual, que tiene dificultades para relacionarse con su medio, más allá de teorizar al respecto y mirar con cierto desdén olímpico al común de la gente.

La película me pareció valiosa, aunque –como dije– un poco “académica”.  Se esfuerza mucho por tratar temas teóricos, como una especie de clase ilustrativa sobre las razones para el rompimiento de Freud con Jung o de Jung con Freud, según se quiera ver esa disputa.  Sin embargo, pueden detectarse algunas fallas en la presentación.  Por ejemplo, el filme ignora mucho de lo desarrollado por Freud sobre el inconsciente, para concentrarse en los aspectos sexuales de sus teorías, aunque sin profundizarlos, todo lo cual constituye una visión limitada del genio pionero de este autor.  Es evidente que Freud dio en el clavo al relacionar nuestras experiencias sexuales con nuestra forma de ser y de pensar, pero las implicaciones de sus teorías son mucho más ricas que ese vínculo fundamental (pero parcial) de la existencia humana. 

Por otra parte, la cinta habla del psicoanálisis como una disciplina que responde ya sea a la visión de Freud o a la visión de Jung, cuando en realidad el psicoanálisis es algo mucho más rico y complejo, que toma aspectos de cada uno de estos autores y que, además, ha recibido también aportes importantes de otros estudiosos en el campo, para dar una vocación humanista a esta disciplina profesional. 

El diálogo de la película es algo complicado pero muy inteligente, como cabría esperar de Cronenberg y de un tema como este.  Sin embargo, me parece que a la película le falta un poco de vitalidad.  En ese sentido (quizá por la presentación de la película como la relación de un trío principal y, ciertamente, por el tipo de personajes involucrados), es apropiado hacer un paralelismo entre este filme y “Más allá del bien y el mal”, la película de Liliana Cavani que vi hace muchos años en una Sala Garbo que aún recuerdo con cariño.  Acá también tenemos un trío ambivalente, formado por tres interesantes personajes que pertenecieron a una generación anterior a la de los protagonistas de “Un método peligroso”: Friedrich Nietzsche, Paul Rée y Lou Andreas Salomé.

En ambos casos estamos ante un guión basado en hechos reales, si bien interpretado con ciertas libertades. En ambas películas tenemos una figura parental, cuya autoridad es controvertida; una figura más joven, que no puede ni quiere seguir a la más vieja; y, una figura femenina, dispuesta a vivir en libertad, por encima de los condicionamientos sociales a su derredor.

De “Más allá del bien y el mal” se ha dicho que es un filme que “se compromete con el libre pensamiento por absurdo que parezca; se compromete con el arrasamiento de las costumbres morales que deniegan el derecho al placer y a la libre inclinación sexual; se arriesga a sacudir toda moral que ancle o que pretenda anular el derecho a vivir, con libertad, el lado oscuro que subyace en cada ser humano…”  De “Un método peligroso” podría haberse dicho algo similar, si Cronenberg hubiera querido explorar con mayor profundidad las implicaciones de este triángulo que, si bien no participa de los mismos vínculos emocionales entre sus miembros de la película de Cavani, sí parte de principios filosóficos que van contra muchos de los convencionalismos más establecidos de la sociedad occidental.

En una entrevista que le realizaron cuando “Más allá del bien y el mal” provocó el escándalo que comprensiblemente hubo tras su difusión, Liliana Cavani dijo que toda obra de arte hace pensar y cumple una función terapéutica porque obliga a desempolvar los miedos que llevamos escondidos en el alma.  Si escudriñamos lo suficiente en las características de “Un método peligroso”, nos damos cuenta de que justamente allí reside la posibilidad de que este película hubiera alcanzado el status de obra fundamental que, en mi opinión, no logra, porque no tomó el riesgo de ir más allá de la exposición si se quiere lineal –esto es, un tanto plana–  de las ideas de cada personaje.

No es casualidad que Cronenberg se haya interesado por hacer esta película, luego de sus trabajos previos, que andan cerca de los aspectos inconscientes de la vida humana.  Sin embargo, a diferencia de directores como Ken Russell, Cronenberg es un creador más cerebral; es decir, más reservado y cuidadoso, y menos  propenso, por lo tanto, a dejarse ir en un frenesí de imágenes y emociones.  Creo que ese auto-freno, que resultó en ventajas importantes en películas previas, podría haber actuado en contra de “Un método peligroso” en este caso, al restarle riesgos que podrían haber generado más profundidad en el estudio de los personajes y sus relaciones.

“Un método peligroso” es una película bastante buena que merece verse.  Independientemente de las limitaciones apuntadas, creo justo decir que el filme constituyes un esfuerzo valioso e interesante por presentar un mundo que en ese momento se transformaba por conducto de personalidades sin las cuales nos costaría mucho explicar lo que actualmente tenemos como temas consolidados.  La película, en efecto, expone ideas y lo hace con toda dignidad, aunque no hubiera llegado –como quizá pudo– al fondo del asunto. 

Un crítico dijo una vez que en toda trama debe haber fundamentalmente ideas y que una trama es buena cuando reconoce el poder erótico de las ideas, que se presentan en forma insinuante –y a veces brutal– para seducir o conquistar a quienes son objeto de su atención.  En estos casos, cualquiera que sea el intercambio, las ideas despiertan pasión y redundan en frutos especiales, nuevos planteamientos que eventualmente repetirán esa vorágine.  Esa dialéctica es justamente lo erotizante de la manifestación de ideas, por el proceso creador que desencadena de seducción y reproducción irrefrenables.

Cuando las ideas se presentan de manera estimulante, ante un público ávido de escucharlas e interpretarlas, la trama será especialmente significativa por su capacidad para abarcar ámbitos más amplios de entendimiento y también de sentimiento.  Me parece que “Un método peligroso” cumple ese cometido, si bien podría haber sido cataclísmica de haber contado con esa última chispa de apasionamiento que, en lo personal, echo de menos en la película.

En cuanto a las interpretaciones, éstas son de excelente calidad.  Fassbender es un gran actor, como lo probó recientemente en “Shame”.  Su papel en “Un método peligroso” es convincente.  Representa a Carl Jung como un típico protestante, impecablemente vestido, de pelo y bigote bien cuidados, discreto y controlado en sus actos y apariencias.  Cuando sus demonios salen a floración, vemos sus dudas y angustia claramente reflejadas en su casi imperturbable presencia.  Sólo lo vemos perder la compostura en presencia de Sabina, ante quien pareciera no tener defensas.  Los momentos de mayor expresividad entre ellos son bastante fuertes, e incluso perversos, con un Jung transformado (ya lo comparamos con Mr. Hyde) y una Sabina que exuda energía animal a raudales; es decir, una energía primaria, muy femenina y por ello completamente misteriosa para el sensible Jung.

Viggo Mortensen tiene la difícil tarea de encarnar a Freud, todo un ícono cultural del siglo XX.  Lo hace con dejos de humor, calidez y, por supuesto, vanidad, lo que restablece la humanidad de este gigante para que, como espectadores, nos relacionemos con él y comprendamos el valor de sus aportes y también sus limitaciones.

Keira Knightley tiene el papel más llamativo del filme.  Como paciente que acaba siendo analista, a ratos sobreactúa pero ello no afecta la película, pues esto hace que su personaje, víctima de la histeria, sea más creíble y retorcido, si se quiere como contraste con la tranquilidad casi inocente del personaje de Jung.  Esa expresividad también hace más creíble que sea el personaje de Sabina quien tome la iniciativa en romper la pasiva circunspección de Jung, para que éste se desborde en todos los aspectos éticos de su vida matrimonial y profesional.

En fin, una película interesante que les recomiendo ver.  Sus limitaciones no hacen sino subrayar los atractivos de la trama y el tema en general de la película.  Véanla, si no lo han hecho,  por las ideas que aporta y por lo que esas ideas son capaces de generar en ustedes

Saludos,

domingo, 11 de diciembre de 2011

Los mejores filmes de 2011.

El crítico de cine del prestigioso diario inglés The Guardian, Peter Bradshaw (1962-), acaba de publicar su lista de las "mejores películas" del año.

Sobresalen:
  • “The Artist”, de Michel Hazanavicius (1967-)
  • “A Separation”, de Asghar Farhadi (1972-)
  • “Tinker Tailor Soldier Spy”, de Tomas Alfredson (1965-)
  • “Poetry”, de Lee Chang-dong (1954-)
  • “The Tree of Life”, de Terrence Malick (1943-)
  • “Le Quattro Volte”, de Michelangelo Frammartino (1968-)
  • “We Need to Talk About Kevin”, de Lynne Ramsay (1969-)
  • “Carne trémula”, de Pedro Almodóvar (1949-)
  • “My Week With Marilyn”, de Simon Curtis (1960-)
  • “Beginners”, de Mike Mills (1966-)
  • “Melancholia”, de Lars von Trier (1956-)
  • “Potiche”, de François Ozon (1967-)
  • “Incendies”, de Denis Villeneuve (1967-)
  • “Midnight in Paris”, de Woody Allen (1935-)

Comparto la lista con Uds.:

http://www.theguardian.com/culture/2011/dec/04/best-film-2011-peter-bradshaw

sábado, 5 de noviembre de 2011

Penderecki: el compositor favorito de las películas de terror. 

Hace unos años, mientras cursaba una maestría en Humanidades, tuvimos un curso de historia de la música, a cargo de Jordi Antich.  Luego de hacernos todo el recorrido de la música, desde la Antigüedad hasta inicios del siglo XX, Jordi nos planteó un reto interesante: nos asignó, como trabajo final, una investigación sobre autores de música culta contemporánea.

El trabajo consistía en buscar información, incluyendo grabaciones, de alguno de estos músicos (Jordi
los escogió para cada cual) para presentarlos en clase.  Mi compositor-tema fue Krzysztof  Penderecki, nacido en Polonia en 1933, y autor de obras de raigambre variada, conforme ha evolucionado su estilo.

Pese a mi afición por la música clásica, yo nunca había oído nada de Penderecki, por lo que entré en esta aventura sin mayor sospecha de lo que tenía entre manos.  Aprovechando un viaje a Miami con mi esposa, entré en una discoteca de las que entonces había para la compra de discos (un Virgin Megastore en este caso) --eran los tiempos pre-Amazon-- y me fue fácil localizar algunos CDs de este compositor.   Los compré y, con la excusa de la investigación, puse uno de ellos en el tocadiscos del carro que habíamos alquilado mientras nos dirigíamos a un centro comercial.  El CD escogido fue "Threnody para las víctimas de Hiroshima".  Para hacer el cuento corto, el disco duró 4 minutos o menos en el tocadiscos, ante el reclamo airado de Ana, quien consideró la obra (lo poquito que había oído) insoportable.  Obviamente guardé el disco, con una leve protesta de mi parte, aunque horrorizado, al igual que Ana, del fragmento escuchado.

Ya de vuelta en casa, con los audífonos del caso, escuché (sufrí) el disco hasta el final.  Está claro que el deseo del compositor era reflejar el horror de las víctimas de la primera bomba atómica, cosa que logra con creces.  La pieza crea tal angustia y dolor en los que la escuchan que el efecto es verdaderamente perturbador, cuando no deprimente.

La obra la presenté en clase.  El efecto en los compañeros fue el que se imaginarán.  Jordi quedó encantado.

Tiempo después, con calma, he oído otras cosas de Penderecki, como su Segunda sinfonía.  Corroboré lo que leí, en el sentido de que ese sonido astringente, angustiado y a veces horrífico de su Threnody, que data de 1960, o de su Pasión según san Lucas, que es de 1965, evolucionó hacia formas más tonales y convencionales, cercanas al neo-romanticismo de Anton Bruckner (1824-1896).

Como indica un autor, el cambio de estilo obedece al convencimiento de Penderecki de que la experimentación vanguardista había perdido horizonte, respecto a la herencia musical de Occidente.  Cuando se interrogó al compositor sobre este viraje dijo:

“El vanguardismo dio la ilusión de un lenguaje musical universal, no sujeto a convencionalismos culturales de carácter local.  El mundo musical de Karl-Heinz Stockhausen (1928-2007), Luigi Nono (1924-1990), Pierre Boulez (1925-) y John Cage (1912-1992) era una especie de liberación para nosotros, los jóvenes de entonces –anclados en la estética del realismo socialista, que era, por ese entonces, el canon oficial en nuestro país [la Polonia comunista de mediados del siglo XX]. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que esta novedad, esta experimentación y especulación formal, era más destructiva que constructiva.  Me di cuenta de la naturaleza utópica de este tono prometeico”.


Para Penderecki, su regreso a la música tonal tradicional lo salvó de la trampa vanguardista del formalismo.  Sin embargo, su paso por esa etapa descarnada y atonal no estuvo exenta de beneficios, no sólo económicos (por el pago de regalías), sino de fama.  Entre otras cosas, la música de Penderecki ha sido clave en crear la atmósfera necesaria para ciertos clásicos del cine de terror contemporáneo: él es el compositor de la música de películas como "El exorcista" (1973), de William Friedkin (1935-); "El resplandor" (1980), de Stanley Kubrick (1928-1999); "Inland Empire" (2006), de David Lynch (1946-); y,"Shutter Island" (2010) de Martin Scorsese (1942-),

Los invito a "probar" al Penderecki de los años 60.  Van a quedar tan horrorizados como mi pobre esposa.  La verdad es que ella tenía razón.  

Entre tanto, les dejo este enlace:

http://www.theguardian.com/film/2011/nov/03/krzysztof-pendercki-horror-soundtracks-david-lynch

jueves, 20 de octubre de 2011

Homo Ludens


Recién acabo de recibir un mensaje de correo electrónico de un amigo, con el enlace adjunto.

El video contiene una idea muy interesante, que apela al sentido de juego del ser humano.  Por algo el hombre es identificado también como “homo ludens”, ya que tenemos una innata propensión a jugar, entretenernos y divertirnos, como parte importante de nuestra actividad.

Además de las necesidades de supervivencia, el juego es, en última instancia, uno de los motores de las artes y las ciencias.  Es el reflejo del niño que todos somos todavía.

En este caso, el juego, traducido en la creación de sonidos o –creo que es dable decirlo– de música, propicia también el ejercicio y la salud.  ¡Bonita e inteligente combinación!

Saludos,

Carlos.

jueves, 13 de octubre de 2011

Almuerzo cultural - Bach, J.S. - Yo-Yo Ma - Cuarta Suite para violonchelo solista


Estimados amigos,
Esta semana seguimos el recorrido de las Suites para violonchelo solista de Johann Sebastian Bach (1685-1750), presentadas e interpretadas por el violonchelista estadounidense Yo-Yo Ma (1955-).
Es la hora de disfrutar de la Cuarta suite, escrita en la tonalidad de mi bemol mayor, catálogo de la obra de Bach BWV 1010.
Como recordarán, cada una de las suites ha sido presentada en un contexto distinto: la primera suite fue presentada en relación con la construcción de un jardín público, la segunda a partir de los dibujos de cárceles imaginarias hechas por Giovanni Battista Piranesi (1720-1778), un artista del período barroco, y la tercera suite como fondo para la creación de una coreografía de danza.
Ahora, la Cuarta suite es la base de una película de corto metraje del famoso director armenio-canadiense Atom Egoyan (1960-), cuyo tema es la curación como disciplina más allá de la medicina y, en general, la muerte como parte esencial del proceso de la vida.
Recordemos que las Suites de Bach son conjuntos de danzas de origen diverso que se suceden en un cierto orden prefijado, en este caso escritas para el violonchelo, como instrumento solista.
La Cuarta suite de Bach consta de un preludio, una allemande (danza alemana lenta), una courante (danza francesa rápi­da), una sarabanda (danza es­pa­ño­la pausa­da), dos bourrées (danza francesa galante) y una giga in­gle­sa (danza rá­pi­da y vivaz).

Ya hemos hablado extensamente de las Suites de Bach. Hemos dicho que son obras de vocación humanista que despiertan en las personas sus más profundas e importantes emociones. La sensibilidad que las caracteriza permite entonces presentarlas –como hace Yo-Yo Ma– en contextos artísticos diferentes.

La Suite en do mayor para violonchelo solista de Bach, BWV 1009.
Para el crítico canadiense Eric Siblin (1960-), la Cuarta suite de Bach representa la lucha o el forcejeo, lo cual es una descripción apta para las características de esta suite, que es la de mayores exigencias técnicas de todo el grupo.
La Cuarta Suite es, en efecto, la más compleja, debido, en parte, a la tonalidad de mi bemol en la que está escrita, que requiere de muchas posiciones de la mano izquierda extendida para interpretarla, lo que hace difícil entonar el violonchelo
El preludio de la Suite se compone fundamentalmente de un movimiento de corcheas en 4/4 que fluyen y varían sutilmente para dejar espacio a una cadenza, antes de regresar al tema original. A partir de aquí, se sucede una rápida figuración en semicorcheas y se presentan pasajes en los que el motivo inicial se ve rodeado de variaciones más evidentes, hasta que la danza finaliza con un amplio acorde precedido de escalas en semicorcheas.
La allemande (4/4) consta de una combinación de semicorcheas y corcheas, que se dan a amplios intervalos a lo largo de todo el movimiento. La courante (3/4) posee una compleja combinación de corcheas, semicorcheas y tresillos de corchea, que resulta poco usual en las Suites de Bach. Dada la variedad rítmica de esta obra y el cuidado que habría que poner en sus tiempos, se dice que este movimiento no debe ser interpretado en forma rápida para evitar los errores de ejecución instrumental.
La sarabanda es tranquila pero oscura, con valores claramente punteados. Como danza de 3/4, en el primer compás hay siempre un acorde, mientras que en el segundo es frecuente que no lo haya.
La primera de las bourrées, en compás de 2/2, es extensa; tiene una graciosa y encantadora melodía que se ve ensombrecida casi al final por una variación rítmica y tonal. La segunda es mucho más breve, también en compás de 2/2, con tiene un hermoso tema.
La giga, finalmente (12/8) apenas da tregua al intérprete debido a su vivacidad. Su tonalidad de mi bemol mayor y la casi incesante figuración de corcheas en compás de 12/8 la convierten en el movimiento más difícil de la suite para el ejecutante.
Sarabanda de Atom Egoyan.
La Cuarta suite es presentada en esta ocasión –según dijimos– como una película de corto metraje del famoso director Atom Egoyan.  
Egoyan explica en una entrevista que, salió de su primera reunión con Yo-Yo Ma directo a trabajar en la película, totalmente motivado por sus implicaciones y posibilidades.
En ella, hay una serie de historias paralelas en las que participan un médico moribundo, una joven doctora que se dispone a tomar la práctica del primero, una agente de bienes raíces, su novio, el chofer de una limosina y el propio Yo-Yo Ma (actuando como él mismo) quien aparece en razón de un viaje suyo a Toronto, Canadá, para interpretar las Suites en un concierto y dar algunas clases magistrales.
Los personajes entran en contacto con la Cuarta suite de Bach en distintos momentos y bajo circunstancias diferentes. Todos ellos sufren una transformación emocional, en virtud de la profundidad de su relación con la música, así como a causa de las relaciones que se establecen entre sí.
En la película, Yo-Yo Ma actúa de modo convincente, pero quien se roba el show es la actriz Arsinée Khanjian (1958-), esposa de Egoyan, cuyas emociones son el hilo conductor de la película, acompañadas por la música de Bach, que es tocada en forma apasionada y brillante por Ma.
Lori Singer (1957-) actúa como la joven Dra. Angela France, con una presencia que es a la vez sutil y convincente. Su pasión para tocar el violonchelo juega muy bien con el resto de la historia y agrega una agradable dimensión a la película.
Los diferentes ángulos de la trama corresponden a los momentos en los que participamos del desarrollo de la música de Bach: en concierto, durante una clase magistral, en la radio, en la parte trasera de una limusina, en un consultorio médico, etc.
Como los otros episodios de la serie, la Cuarta suite es presentada en un formato de una hora (difícil para el desarrollo de una trama cinematográfica) por lo que se aprovecha la estructura de la obra en movimientos de danza para realizar entonces una especie de collage de escenas de la vida de estas cinco personas que se entrecruzan conforme el artista interpreta la obra musical. Este recurso es similar al que empleaba el gran director Robert Altman (1925-2006), quien realizó diversas películas de largometraje, como The Player (1992) y Short Cuts (1993), en las cuales los encuentros queridos o fortuitos entre los diversos personajes resultan en hechos que cambian el curso de sus vidas de manera clara.
Como cortometraje, esta presentación ganó un premio especial del Festival Internacional de Cine de São Paulo, Brasil.
Atom Egoyan.
Atom Egoyan ocupa una posición muy distinguida dentro de cine canadiense, como responsable de un cine de autor. El estilo que ha mostrado a lo largo de más de diez largometrajes es inimitable. Se trata, en palabras de un crítico, del “cineasta canadiense más consumado de su generación”, con películas que son aplaudidas local e internacionalmente, tanto por la crítica como por el público en general.
Egoyan nació en El Cairo, Egipto, de ascendencia armenia y creció en la ciudad de Victoria, en la Columbia Británica, en el Canadá. A los 18 años, se trasladó a Toronto para estudiar relaciones internacionales, hasta que descubrió el cine y se dedicó a él por completo.
Debido a su herencia armenia, la obra de Egoyan se encuentra a menudo influenciada por lo que se conoce tristemente por “genocidio armenio”, ocurrido entre 1914 y 1920, cuando el Imperio turco otomano aplastó brutalmente los deseos independentistas de los armenios en sus propios territorios ancestrales, los cuales se encontraban en ese momento bajo dominio turco, y asesinó sistemáticamente a los miembros de esa población en un número que ronda el millón y medio de personas.
Sus mejores películas son las siguientes:
·    Next of Kin (1984).
Nominada al premio Genie a la mejor dirección.
Mención honorífica del Festival de Mannheim-Heidelberg.

·    Family Viewing (1987).
Mención honorífica del Festival de Berlín.
Premio del Jurado Ecuménico del Festival de Locarno.
Nominada al premio Genie a la mejor dirección.
Nominada al premio Genie a la mejor película.
Nominada al premio Genie al mejor guión.

·    Speaking Parts (1989).
Nominada al premio Genie a la mejor dirección.
Nominada al premio Genie a la mejor película.
Nominada al premio Genie al mejor guión.

·    El liquidador (1991).
Nominada al premio Genie a la mejor dirección.
Premio Especial del Jurado del Festival de Moscú.
Premio de la Espiga de oro del Festival de Valladolid. 

·    El calendario (1993).
Nominada al premio Genie a la mejor dirección.
Nominada al premio Genie al mejor guión. 

·    Exótica (1994).
Premio FIPRESCI del Festival de Cannes.
Mejor película extranjera del Sindicato Francés de Críticos de Cine. 

·    El dulce porvenir (1997).
Candidata al Óscar a la mejor dirección.
Candidata al Óscar al mejor guión adaptado.
Gran premio del Festival de Cannes.
Premio internacional de la Crítica del Festival de Cannes.
Premio de la Espiga de oro del Festival de Valladolid.
Premio Genie a la mejor dirección.
Premio Genie a la mejor película.
Premio Genie al mejor guión. 

·    El viaje de Felicia (1999).
Candidata a la Palma de oro del Festival de Cannes.
Premio Genie al mejor guión adaptado.
Nominada al premio Genie a la mejor dirección.
Nominada al premio de la Espiga de oro del Festival de Valladolid. 

·    Ararat (2002).
Nominada a premio por mejor dirección del Círculo de Directores del Canadá.
Premio Genie a la mejor película.
Nominada al premio Genie al mejor guión original.
Gran Premio del Albaricoque de Oro del Festival Internacional de Yerevan.
Nominada al premio de la Espiga de oro del Festival de Valladolid. 

·    Where the Truth Lies (2005).
Candidata a la Palma de oro del Festival de Cannes.
Premio Genie al mejor guión adaptado.
Nominada al premio por mejor dirección del Círculo de    Directores del Canadá.

·    Adoración (2008).
Nominada al premio de la Espiga de oro del Festival de Valladolid.

·    Chloé (2009).
Nominada a premio por mejor dirección del Círculo de Directores del Canadá.
El cine de Egoyan desafía las restricciones usuales del cine convencional, entendido como un medio popular. Por otra parte, Egoyan ha buscado conexiones con otros medios artísticos como la ópera, el teatro y, como en este caso, la música, lo que redondea aún más su obra como género innovador.
Egoyan es, además, un artista plástico. Sus instalaciones artísticas se encuentran en exhibición o se han presentado en el Museo de Arte Moderno de Dublín, la Bienal de Venecia y en Le Frenoy, en Francia. Entre sus últimos proyectos destacan Notorious (2000), una videoinstalación que conmemora a Alfred Hitchcock (1899-1980); Diáspora (2001), un cortometraje con música de Philip Glass (1937-); Hors d'usage (2002), un paisaje sonoro basado en cintas magnetofónicas de residentes de Montrea0; y, Krapp (2000), una adaptación cinematográfica de la obra del gran dramaturgo irlandés, Samuel Beckett (1906-1989).
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Quedan invitados a acompañarnos durante nuestro almuerzo. Esperamos que lo disfruten.
Saludos,
Carlos.