EL CAMINO DE LA VIDA

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EL CAMINO DE LA VIDA. - Every day you may make progress. Every step may be fruitful. Yet there will stretch out before you an ever-lengthening, ever-ascending, ever-improving path. You know you will never get to the end of the journey. But this, so far from discouraging, only adds to the joy and glory of the climb. - Sir Winston Churchill.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Almuerzo cultural - Los celtas.

Estimados amigos,

En el almuerzo cultural de esta semana vamos a examinar una cultura que nos es poco familiar.  Nos referimos a los celtas, grupo que vivió en la antigüedad, cuando Europa aún era joven y apenas comenzaban a desarrollarse civilizaciones que luego conformarían lo que ahora conocemos como Occidente.  Por lo remoto del tema nos parece interesante explorarlo y ofrecerles un resumen de la actividad de este pueblo y de sus contribuciones a nuestra vida presente.
Los celtas.
Se entiende por “celta” el pueblo o conjunto de pueblos de origen indoeuropeo que ocupó el occidente de Europa durante la Edad de Hierro. 

La denominación no es propiamente étnica ni arqueológica, sino lingüística.  Lo cierto es que hubo varios pueblos celtas diferentes, unidos por el parentesco filogenético de sus lenguas. 

Se dice que los celtas se llamaban a sí mismos gal, de donde vienen denominaciones como “galeses”, “galos” y “gálatas”, nombres de distintos pueblos de Europa y del Asia Menor.

Prehistoria e historia de los celtas.

Como grupo indoeuropeo, los proto-celtas (antecesores de los celtas) emigraron de la India y el Medio Oriente, para establecerse en el occidente de Europa.  Se sabe que para el siglo XX a.C. los celtas ya habitaban el centro y el norte de Europa.  Hacia el año 1000 a.C. se habían extendido por las islas británicas, el norte de Francia, parte de Suiza y el norte de Italia, y para el siglo IX a.C. ya habían invadido España.
Los primeros pobladores indoeuropeos podrían haber sido los portadores de la cultura de los campos de urnas del siglo XIII a.C. que se expandieron rápida y extensamente por Europa.  Los portadores de esta cultura se expandieron descendiendo por la margen derecha del Ródano ocupando Languedoc, Cataluña y el bajo valle del Ebro. Otra línea de expansión les llevó a Bélgica y el sureste británico. 
Esta dispersión por el continente europeo pronto marcó diferencias culturales entre ellos, que con el tiempo dieron lugar a diversos pueblos con un origen común: celtíberos (España), galos (Francia, Alemania y Bohemia), gálatas (Balcanes y Anatolia), gaélicos (Irlanda), britanos (sur de Inglaterra), etc.

A partir del siglo VIII a. C., otros pueblos presuntamente indoeuropeos (tal vez pre-celtas y pre-ilirios) fueron los portadores de la cultura de Hallstatt (Hierro-I), extendiéndose en esta fase por el interior de la Península Ibérica (siglo VII a.C.)  En el siglo VI a.C. los pueblos presuntamente indoeuropeos fueron desplazados del noreste ibérico a manos de los íberos, quedando así los celtas de Iberia aislados del resto de pueblos celtas continentales.

Se sabe que la lengua de los celtas era indoeuropea, pero de ella se conservan escasas evidencias literarias.

No parece posible discernir etnias propiamente celtas entre los primeros grupos de indoeuropeos que penetraron en la Europa central.  Sólo hasta el siglo V a.C., con el surgimiento de la cultura de La Tène, es razonablemente seguro identificar a los portadores de esa cultura como hablantes de lenguas celtas. 
El primer registro histórico de la existencia de esos pueblos aparece en Heródoto (484-425 a.C.), en el siglo V a.C.  De hecho la denominación “celta” viene del griego Κέλτoι, que fue el nombre que, durante la Antigüedad, los exploradores griegos dieron a los habitantes de las regiones septentrionales de las actuales Francia y España.

En un sentido técnico, se habla de “celtas históricos”, en referencia al grupo de sociedades tribales de Europa, que compartieron una cultura material iniciada en la primera Edad de Hierro (1200 - 400 a. C.) en torno a los Alpes (período Hallstatt) y más tarde en el hierro tardío (período La Tène) (…).  En este grupo se adscriben los celtas continentales de la Galia, el norte de Italia, Alemania y Bohemia, los celtíberos de Iberia, los gálatas de Anatolia, este y centro de Rumania y ya con mayores reticencias por los historiadores británicos e irlandeses los celtas insulares.

Otra mención temprana de los celtas es la que se refiere a los llamados “galos cisalpinos”, liderados por su rey Breno, que llegaron a invadir Roma y sólo la abandonaron a cambio del pago de un rescate en el año 390 a.C.   

La República romana y luego el Imperio romano combatieron a los galos cisalpinos y transalpinos durante siglos, hasta que Julio César (100-44 a.C.) los sometió durante la guerra de las Galias.  Según Julio César, en sus Comentarios a la Guerra de las Galias (escrita para reseñar su conquista de buena parte de lo que ahora es Francia),  los términos galli y keltoi se usaban indistintamente en esa región para denominar a sus habitantes, no obstante su diverso origen étnico, y, en algunas zonas,  se usaba también el término celtae. 
A partir del siglo II a.C., los celtas empezaron un paulatino proceso de reducción territorial, causada por la presión militar de los germanos por el norte y la de los romanos por el sur.  Con el tiempo, los romanos arrebataron a los celtas no sólo la Galia, sino también sus dominios en lo que ahora es el sur de Inglaterra y España.  Sin embargo, la presencia romana en Gran Bretaña fue de escasa duración, lo que permitió que las lenguas celtas de esta isla (especialmente el galés) pudieran sobrevivir y, más tarde, regresar al continente (por ejemplo, a la Bretaña francesa).
Para finales del Imperio romano (siglo V de nuestra era), los celtas ocupaban únicamente partes del noroeste de Francia, Irlanda, Gales y algunas zonas de Escocia.  Los germanos se habían extendido desde Alemania hacia España, dando lugar los futuros reinos francos, godos y visigodos.
A la caída de Roma, sobrevino el desorden en el continente europeo y lo que se ha dado en llamar la “Edad del oscurantismo”.  No había una autoridad capaz de detener las hordas de saqueadores bárbaros que arrasaron con toda ciudad que era incapaz de repelerlos.  Se dice que, durante esa época, fueron los monasterios irlandeses (habitados por copistas e ilustradores que eran descendientes de los celtas) los que salvaron la civilización occidental, al mantenerse ajenos a las guerras y revueltas del continente y, en lugar de participar en esas campañas, dedicaron tiempo a copiar e ilustrar grandes obras de la cultura mundial

Avanzada la Edad Media, los descendientes de los celtas reforzaron su control de algunos espacios que ahora forman parte de la Gran Bretaña e hicieron varios intentos de ampliar su territorio específicamente en Inglaterra.  En el siglo VII d.C., por ejemplo, tuvo lugar la última expansión territorial de los celtas, cuando los escotos irlandeses (pueblo celta) invadieron Caledonia al norte de Inglaterra, región que a partir de entonces pasó a llamarse Escocia.

Evolución histórica de los celtas.
La evolución del mundo celta tiene tres fases:

a.               Una fase inicial, que corresponde a los habitantes de la región comprendida de los Alpes hacia el norte (actual Alemania) y que se conoce como período Hallstatt.  

b.               La llamada “cultura de La Tène”, que corresponde a la época de consolidación de la identidad celta (keltiké), y que comprende los territorios que van desde el río Rhin hasta las llamadas “Columnas de Hércules”, al oeste de España (este es también el período durante el cual el druidismo se extiende entre los celtas).

c.                Una fase final, en la que la cultura céltica evoluciona en dos vertientes: (i) una primordialmente francesa, que se refiere a celtas centroeuropeos (la Bretaña francesa y algunas regiones actuales de España); y, (ii) otra anglosajona, que abarca los territorios actuales de la Gran Bretaña (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda).
Organización social.

A diferencia de los romanos, que construían sólo dentro de los límites de la ciudad y cerca de sus famosas rutas (como la Vía Appia), los celtas vivían en medio de los bosques y construían sus asentamientos en fuerte contacto con la naturaleza, lo que les impidió desarrollar grandes poblaciones y, mucho menos, imperios.
Por su origen, fueron portadores de la denominada cultura urnenfelder o "campos de urnas".  Habitaban en poblados situados en montículos de fácil defensa, llamados castros (de donde viene la palabra “castrense”, en referencia al mundo militar), con las viviendas distribuidas irregularmente.  
Su economía era cerrada, pastoril y ganadera.   Los guerreros y pastores estaban organizados en una gran variedad de tribus, clanes y grupos.  Socialmente se desarrollaron progresivamente, diferenciándose en una clase sacerdotal (druidas), otra de nobles (militares), y otra de comerciantes y campesinos.
Una característica que facilitó su dominio por parte de otros grupos, pero que, a la vez, permitió la continuidad de su cultura en el largo plazo, fue la ausencia de un verdadero estado celta debido a la primacía de las estructuras tribales y familiares.  Esta división los hacía militarmente débiles ante invasores bien organizados, como por ejemplo los romanos, a los que sin embargo les llevó años conquistarlos debido a la fiereza de sus soldados y a la naturaleza dispersa y casi oculta de sus poblaciones en los bosques. 
Esta forma de organización mantuvo las costumbres y valores de los celtas fuertemente protegidos de influencias externas por los vínculos parentales propios del clan familiar; es decir, alejados de toda organización estatal.  Esto explica que los pueblos con influencia cultural celta conformaran eventualmente distintos estados y hasta se comunicaran en idiomas bien diferenciados.
El grupo lingüístico celta.

Sin duda el principal rasgo definitorio de las etnicidades celtas es la lengua.  El resto de aspectos históricos y culturales de los celtas fueron –como dijimos– más cambiantes, en tanto que la lengua fue más estable frente al devenir histórico, a pesar que debido al cambio lingüístico las lenguas celtas fueron diversificándose en un proceso análogo al que llevó del latín a las lenguas románicas.
Las lenguas celtas derivan de un conjunto de dialectos del proto-indoeuropeo, idioma que cronológicamente ocupa una posición intermedia dentro de la familia indoeuropea. A partir de los rasgos comunes a las lenguas celtas mediante los métodos de la lingüística histórica se ha reconstruido del proto-celta que es una aproximación a la lengua madre que dio lugar por diversificación a las lenguas celtas históricamente conocidas.
Como grupo lingüístico, los celtas pueden clasificarse según los diferentes dialectos a los que dieron origen:
  • El galo, que se habló en la antigua Francia y que cuenta con muchos testimonios documentales desde el siglo III a.C.
  • El lepóntico, que se hablaba en la Galia Cisalpina (actualmente norte de Italia) y que aparece en inscripciones funerarias, cerámicas y otros objetos cotidianos.
  • El celtibérico, que se hablaba en España y que también tiene múltiples manifestaciones históricas.
  • El gaélico, hablado en Irlanda y Escocia, que tenía su propio alfabeto y que podía escribirse vertical u horizontalmente.
  • El britano, hablado en el sur de Gran Bretaña hasta el VI d.C. y de donde provienen el galés, el córnico y el bretón.
El espíritu celta

A los celtas se les atribuía un espíritu libre y arrojado, con tendencia a las gestas heroicas.  Los aspectos impulsivos de ese carácter condujeron en algunos casos a errores garrafales y desastres históricos.
Los historiadores romanos Polibio (200-118 a.C.), Diódoro Sículo (90-27 a.C.), Estrabón (64-24 a.C.) y Flavio Arriano (86-175) subrayaron, en su momento, el espíritu guerrero de los celtas y su valor para enfrentar a los romanos, no obstante la inferioridad de sus armas.

No obstante que la cultura celta no prevaleció como una influencia mayor en ninguna de las grandes potencias europeas, a partir del siglo XVI, y especialmente durante el siglo XVIII, se comenzó a forjar una visión romántica y misteriosa de lo celta. 
(…) algunos eruditos ingleses y franceses se vanagloriaban de descender de los celtas, en particular de los druidas. Se empiezan a atribuir los monumentos megalíticos al celtismo, iniciándose una “celtomanía”.
En algunos casos, el recurso ancestral a la herencia celta ha tenido una veta nacionalista, que se ha usado con fines políticos para reforzar las identidades nacionales, especialmente en el marco de las tensiones político-religiosas que vemos en lugares como Irlanda y Escocia (oposición histórica al dominio inglés), Francia (por un lado, nacionalismo de corte xenófobo frente a los inmigrantes africanos y de otras culturas; y, por el otro, nacionalismo económico frente al expansionismo capitalista anglosajón) y España (corrientes autonómicas locales frente al gobierno central).  Los héroes de raigambre celta han sido usados en estos casos como emblemas de este tipo de campañas (Boudica en Inglaterra, Vercingetórix en Francia, Viriato en Portugal, Breogán y Numancia en España, etc.)
Por otra parte, el surgimiento de las corrientes pseudo-religiosas del New Age, desde finales del s. XX, han puesto en manos de los celtas, en forma errónea, tradiciones de culto dudosas alrededor de monumentos megalíticos (no celtas) como Stonehenge.  Es claro que si bien esos lugares tuvieron una vocación espiritual, no provino de los celtas su construcción ni su significación social o espiritual.  No obstante, por la coincidencia geográfica entre estos asentamientos y las áreas donde se desarrolló la cultura celta, en sus diversas manifestaciones, se ha hecho esta conveniente confusión que ha redundado en el fomento de actitudes creyenceras y cultos sin base histórica, así como innegables beneficios económicos para ciertos grupos y comunidades.
Excavaciones y mediciones con carbono catorce demostraron que los monumentos megalíticos tienen una historia muy larga como centro ritual o religioso.  Su construcción abarcó, según parece, cinco etapas, que exceden la presencia de los celtas en Europa Occidental.
La religión de los celtas.
La religión de los antiguos celtas, particularmente la de los galos antes de la conquista romana, no es bien conocida, y los datos de que se disponen para reconstruirla son escasos y no muy precisos.  Como muchos otros grupos indoeuropeos, su religión era pagana y había variaciones en la mitología de una tribu a otra.  Había una “diosa madre” para todos (Morirîganî) , que encarnaba la naturaleza, así como un “gran principio masculino” (Teutates) que representaba la primavera y la renovación de la vida.
Los celtas eran animistas: veneraban las fuerzas básicas de la naturaleza y su expresión, desde el trueno y el fuego a los bosques y ciertos árboles robustos, como el roble.  Como en muchas civilizaciones indoeuropeas, sus dioses personificaban los ideales de fuerza, valor, humor y camaradería.

El culto estaba a cargo de los "druidas", sacerdotes que eran, a la vez, los educadores de la juventud.  Los cultos locales estaban especialmente relacionados con las montañas, los bosques y las aguas, a quienes se invocaba bajo diferentes nombres.  Así, teníamos al dios Vosgos, a la diosa Ardenas y al dios Dumias, lo mismo que a las divinidades de las fuentes o de los ríos, como Sequana (la fuente del Sena) y Nemausis (la fuente de Nimes).

Los druidas se presentan a menudo como sacerdotes de la religión celta, aunque su papel era más amplio.  Formaban una clase social independiente que representaba la intelectualidad de la sociedad.  Desempeñaban funciones religiosas, musicales, pedagógicas, médicas, astronómicas, filosóficas y mágicas.  Lo poco que se conoce sobre ellos se debe a que transmitían sus conocimientos sólo por vía oral, por lo que no hay registros históricos sobre sus actos.
 [Al respecto] tenemos fuentes clásicas -e indirectas- principalmente romanas.  De Plinio el Viejo sabemos que los druidas vestidos de blanco cortaban el muérdago con hoz de oro; además nos habla de sacrificios taurinos presididos por druidas, así como de su veneración de diversas arboledas o árboles y plantas sagrados como el roble, el avellano, o el muérdago; o lugares naturales como la cima de ciertas colinas, corrientes de agua, y lagos, así como del cielo, la tierra, el mar, y el fuego -que veían como algo purificador- recogiendo una costumbre presente en las comunidades celtas en las que servían.  El muérdago entre los druidas era una planta sacra.  Aunque a menudo se atribuye a esta consideración sus propiedades medicinales, es poco probable que sea la razón única.  Más verosímil es que se deba a que el muérdago está aún verde en invierno cuando el resto del árbol parece sin vida.  Hay otras fuentes que dicen que esto se debe a que crece sin tocar el suelo, y por eso se lo recogía en una tela blanca.

Los druidas no tenían templos de culto erigidos en piedra u otros materiales duraderos.  Es probable que tuvieran edificios de madera que no han sobrevivido.  Se sabe, sin embargo, que a menudo celebraban sus ritos en los claros de los bosques, cerca de manantiales o pozos naturales.

Los celtas adoraban la vida y consideraban la muerte como parte de un ciclo sin fin.   Asociaban vida y muerte con el día y la noche, simbolizados por las imágenes del sol y de la luna, que en su cadencia rítmica señalan los ciclos biológicos: equinoccios, solsticios, siembras y recogidas, días para casarse, para construir una casa, para cortar la madera, etc.
Los primeros símbolos físicos que la mitología celta encuentra para señalar lugares mágicos desde donde rendir culto al sol y a la luna son grandes árboles localizados en claros del bosque (…). Sus sombras cuentan la historia del tiempo. A su alrededor los celtas festejan con hogueras, con música y con historias y canciones que sirven de memoria no escrita de sus héroes y sus hazañas. Por toda Europa surgirán menhires, enormes rocas verticales que semejan gruesos troncos, o incluso “puertas” a un templo repleto de cielo.
En asocio con el culto a la naturaleza, es famosa la recolección del muérdago, al que se le consideraba dotado de virtudes extraordinarias.

Más tarde se estableció el culto de grandes divinidades, que poco a poco comenzaron a identificarse de alguna forma con las divinidades de Roma: Teutates era una especie de Mercurio, con algunos rasgos de Júpiter y de Marte; Taranis estaba relacionado con el rayo, pero no tenía el poder supremo de Júpiter; Esus era dios de la guerra y del ganado, como una mezcla de Marte y Silvano; Belenus era el dios de las artes, relacionado con el sol y comparado con Apolo; y, Cernumnos era el dios del sueño y de la muerte, como el Plutón romano.  Junto a ellos, teníamos a Rosmerla, pareja de Teutates; Belisma, diosa de las artes del fuego, asimilada de Minerva; y, Epona, diosa de la abundancia agrícola, como la Ceres romana.

Ha habido un esfuerzo –como se dijo– por relacionar a los celtas (y en particular a la casta sacerdotal de los druidas) con los monumentos de piedra que encontramos como parte de la prehistoria de Europa Occidental, pero todo parece indicar que esos restos culturales tengan más relación con una cultura previa, que data del período megalítico.

Contrariamente a lo que se cree, los druidas no tenían templos de piedra ni arqueológicamente se ha podido enlazar el druidismo celta con Stonehenge.  Es un hecho que la cultura megalítica es cientos de años anterior a la cultura celta y al fenómeno del druidismo.  

Algunos aspectos precristianos celtas son aún evidentes en los símbolos cristianos.  Por ejemplo, tenemos los interminables nudos que se colocan sobre las cruces celtas, que representan la eternidad y el ciclo de la vida. 
Las artes de los celtas.

Los celtas se expresaron de diverso modo y dejaron amplio testimonio de sus habilidades artísticas y sus inquietudes culturales.  Sin embargo, el término “arte celta” es una categoría subjetiva y polémica, del mismo modo que es controversial el propio concepto de "civilización celta", ya que se aplica a un período de tiempo muy dilatado y a múltiples culturas relacionadas pero diferentes entre sí.
De hecho, la expresión "arte celta" se emplea sobre todo en relación al arte pagano tardío y cristiano temprano de las islas británicas, cuya más notable expresión son los manuscritos ilustrados altomedievales ricamente ornamentados con elementos estéticos propios del arte nativo insular.  Ejemplos son el Libro de Kells, el Libro de Durrow o los Evangelios de Lindisfarne.  También destacan las piedras pictas escocesas, cálices, broches y cruces celtas.

Son especialmente invaluables en este aspecto las muestras de orfebrería, talla en piedra y la iluminación (ilustración) de libros con pinturas en miniatura.  En efecto, son famosas las miniaturas pintadas en textos religiosos, como los libros de Durrow y de Kells, que son a la vez virtuosos y elocuentes.  Esas miniaturas son el resultado de la práctica de iluminar o ilustrar libros, la mayoría de ellos de origen religioso, para facilitar el acceso de la población, mayormente iletrada, a sus textos.  El trabajo paciente e incesante de los monasterios medievales, especialmente en Irlanda, dio como resultado piezas de una enorme belleza que hoy día pueden ser admirados en ediciones impresas.

En general, el arte celta se caracteriza por lo siguiente:
  • Abstracción geométrica: se desmaterializa el arte, guardando sólo las líneas esenciales de la figura representada o incluso prescindiendo totalmente de ella (espirales, entrelazados, etc.).  Las formas se reducen a esquemas geométricos.
  • Creatividad: muchas veces la obra solo es un pretexto para dar rienda suelta a la técnica y la imaginación del artista.
  • “Horror vacui”: el llamado horror al vacío, acuñado por los romanos, también es muy característico del arte celta.  No se encuentra prácticamente ningún punto vacío en el espacio dispuesto por el artista.
  • Zoomorfismo: los animales, sean una especie existente o bien de carácter fantástico, tienen preferencia a la hora de ser incluidos en la decoración céltica. Probablemente estas figuras tuvieron en su origen un carácter totémico.
  • Predominancia de lo ornamental sobre el contenido: el artista celta puede situar una escena en el centro de la obra pero siempre se recreará en los adornos secundarios, que parecen ser lo más atractivo para él y que reflejan mejor su manera de expresarse.
En resumen, el arte céltico se caracteriza por su simbolismo y por su marcado gusto por la geometría, que produce una sensación de "caos ordenado" con sus formas complejas pero simétricas.  El arte celta presenta cierto naturalismo, pero sólo de forma estilizada, por lo que realismo no es nunca la norma.
Entre los restos arqueológicos celtas destacan los castros (poblados con recintos amurallados levantados en las cimas de los montes) y los petroglifos (piedras con diseños grabados en relieve sobre ellas).  Respecto a estos últimos, muchos petroglifos son mil años anteriores a la cultura celta, aunque se continuaron haciendo durante el periodo celta. 
En el campo del arte monumental, las obras que más caracterizan a los celtas eran los dólmenes (del gaélico tohl, que significa mesa. y maen, que significa piedra), menhires (de las voces gaélicas maen y hir, que significa alta o erguida).  

Los primeros son megalitos compuestos por una roca plana, en forma de laja, puestos horizontalmente sobre dos o más pilares verticales de piedra; mientras que los otros son rocas aisladas de tres a ocho metros de alto.

La mitología celta que ha llegado al presente es fundamentalmente de origen irlandés, escrita en forma de manuscritos que datan del siglo VI o VII d.C., en idioma gaélico.  Se pueden enmarcar en tres ciclos temáticos:
  • Un ciclo mitológico;
  • El llamado Ciclo del Ulster, o de Cuchulainn o de la Rama Roja; y,
  • Ciclo de Finn o Ciclo Osiánico.
La cultura celta aún se respira hoy, especialmente en Irlanda, Escocia y la costa norte de Francia.
La unidad de lo celta se manifiesta en el folklore, en el sentido religioso de los aspectos naturales panteístas, que el cristianismo aprovechó con certeza a la hora de la conversión de estos pueblos, y en los inmortales temas artísticos.

Esa antigua unión es evidente entre los diferentes intérpretes de la actualmente denominada “música celta”, ya que no comparten la nacionalidad ni la lengua, pero conforman una misma cultura, por ejemplo: The Chieftains, Carlos Núñez, Loreena McKennitt, Scottish Pipes & Drums, Edimburgh Military Tattoo, Tannahil Weavers, Battlefield Band, Milladoiro, Lyam O’Flynn, Planxty, Real Banda de Ourense, Bothy Band, Silly Wizard, Clannad, Altan y Xeito Novo, entre otros.

Celebraciones celtas.

Es interesante mencionar que para los celtas y sus descendientes son especialmente significativos los siguientes días del año:

Las fiestas de los celtas se asociaban a cada uno de los cuatro elementos fundamentales: aire, fuego, tierra y agua (al igual que de los griegos).  Algunas de esas festividades eran:
·         Ambiwolkà ("circumpurificacion"), hacia el primero de febrero, que correspondía a la celebración del agua.  
·         Belotenià ("fuego brillante"), que gira en torno de los fuegos de primavera, el 1° de mayo, que es una fiesta que aún se celebra el siglo pasado por los campesinos de Europa como la “fiesta de los mayos” y que hoy curiosamente se encuentra reciclada en el “día del trabajo”.
·         Lugunàstadà ("matrimonio de Lugus") era la celebración del matrimonio sagrado del dios-rey Lugus con la Tierra, el 1° de agosto.
·         Hallowe’en, que es una celebración de la tierra y que en el hemisferio norte señala el comienzo de la parte oscura del año  (los celtas, como otros pueblos antiguos, empezaban los ciclos temporales por la mitad oscura: la jornada tenía su inicio con la caída del sol y el año con el principio del invierno).
·         Samonis (samuin o samain en irlandés antiguo, y samhain [sâuñ] en el irlandés moderno), vocablo que significa "reunión", y quetiene que ver con el aire y los espíritus.  Esta fiesta es el equivalente al primer día de noviembre, cuando los celtas inician el año.  Con la llegada del cristianismo, esta fiesta se convirtió en el “Día de todos los santos” (el “Día de reunión” los celtas y sus descendientes celebran el encuentro amoroso de dos deidades: Morirîganî, señora del mundo inferior y de la guerra, también conocida como la “Reina de espectros", con Teutates, dios de la tribu, padre de los hombres, encuentro que ocurría a orillas de un río y que traía, como consecuencia, que la diosa le proporcionaba al dios los secretos para salir victorioso en sus actividades y enfrentamientos divinos.
*   *   *   *   *

En fin, esperemos que encuentren el tema llamativo y que nos acompañen este jueves al mediodía.  Pensamos que siempre resulta interesante adentrarse en un tema nuevo y explorar sus posibilidades.
Saludos,
Carlos.

jueves, 16 de junio de 2011

Almuerzo cultural: Julio Cortázar.

Estimados amigos,

Julio Cortázar (1914-1984) fue uno de los más importantes escritores del llamado “boom latinoamericano”.  De origen argentino, nació en Bélgica, viajó por el mundo y eventualmente se estableció en París, donde se nacionalizó francés.
Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, comparable a Jorge Luis Borges, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe, y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica, pocas veces vista hasta entonces.  Debido a que los contenidos de su obra transitan en la frontera entre lo real y lo fantástico, suele ser puesto en relación con el surrealismo.
Datos biográficos.
Sus primeros años los pasó de una ciudad a otra en Europa, a causa de la Primera Guerra Mundial.  Luego su familia regresó a la Argentina, donde pasó el resto de su infancia. 
Cortázar fue un niño enfermizo y pasó mucho tiempo en cama, por lo que la lectura fue su gran compañera.  Su madre le seleccionaba lo que podía leer, convirtiéndose en la gran iniciadora de su camino de lector, primero, y de escritor después.  Declaró:
“Mi madre dice que empecé a escribir a los ocho años, con una novela que guarda celosamente a pesar de mis desesperadas tentativas por quemarla”.  
Cortázar también recuerda que en cierta ocasión un pariente suyo (un tío o algo así) descubrió una serie de poemas suyos y se los dio a su madre, diciéndole que evidentemente esos poemas no eran míos, que yo los copiaba de alguna antología de poemas, por lo cual su madre llegó a preguntarle si esos poemas realmente eran suyos.  Leía tanto que algún médico llegó a recomendarle leer menos durante cinco o seis meses y salir más a tomar un poco de sol.
Desde niño fue crítico y lúcido en sus juicios sobre las cosas:
Yo creo que desde muy pequeño mi desdicha y mi dicha, al mismo tiempo, fue el no aceptar las cosas como me eran dadas.  A mí no me bastaba con que me dijeran que eso era una mesa, o que la palabra madre era la palabra madre y ahí se acaba todo. Al contrario, en el objeto mesa y en la palabra madre empezaba para mí un itinerario misterioso que a veces llegaba a franquear y en el que a veces me estrellaba.  En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general.  Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas.
Cortázar era un hombre extremadamente alto, de facciones muy singulares, por lo que su presencia impresionaba en gran medida.  Alguien que le conoció de cerca afirmaba:
(…) aunque es afable y dulce (o precisamente por eso), produce una especie de miedo.  Los hombres más altos levantan la cara para hablarle.  Cuando la han levantado bastante, ven allá una cabeza más bien pequeña, una copiosa cabellera oscura, un mechón que cae siempre sobre la frente y que vanamente una mano intenta retirar.  Pero uno no sólo ve, también es visto por dos implacables ojos azules que se deslizan a los lados de la cara.  No hay manera de que Julio Cortázar se pasee por la calle sin que la gente no se vuelva para mirarlo.
La lectura de Opio, Diario de una desintoxicación, de Jean Cocteau (1889-1963) cuando aún no cumplía treinta años, cambió su vida.
Sentí que toda una etapa de vida literaria estaba irrevocablemente en el pasado…   Desde ese día leí y escribí de manera diferente, ya con otras ambiciones, con otras visiones.
Estudió educación y fue maestro escolar y profesor.  Inició, además, estudios de filosofía, pero luego se retiró.  Se tituló también como traductor de inglés y francés en un tiempo récord (nueve meses).
El esfuerzo [por terminar sus cursos de graduación] le provoca síntomas neuróticos, uno de los cuales (la búsqueda de cucarachas en la comida) desaparece con la escritura de un cuento, “Circe”, que junto con “Casa Tomada” y “Bestiario” (aparecidos en “Los anales” de Buenos Aires) será incluido más adelante en [su colección] “Bestiario”.  En 1949 publica el poema dramático “Los Reyes”, primera obra firmada con su nombre real e ignorado por la crítica.  Durante el verano escribe una primera novela, "Divertimento", que de alguna manera prefigura “Rayuela”.  “Divertimento” será publicada sólo en 1986, después de su muerte.  Colabora en revistas culturales de Buenos Aires (“Cabalgata”, “Realidad” y “Sur”).  En 1950 escribe otra novela, “El examen”, rechazada por el asesor literario de la Editorial Losada, Guillermo de Torre.  Cortázar la presentará a un concurso convocado por la misma editorial, sin éxito.  Esta novela también será editada tras la muerte del escritor, en 1986. En 1951 publicó Bestiario, una colección de ocho relatos que le valieron cierto reconocimiento en el ambiente local.  
Por disconformidades con el régimen peronista, Cortázar decidió trasladarse a Paris, en 1951, donde residiría durante el resto de su vida.  Allí tradujo al español la obra completa, en prosa, de Edgar Allan Poe (1809-1849), por encargo de la Universidad de Puerto Rico, traducción que es considerada por los críticos como la mejor hecha a nuestro idioma de este importante escritor estadounidense.
En 1967 publica Rayuela, la obra que más fama editorial le dio, y que lo lanzó a la vanguardia de quienes constituían los autores representativos de la literatura latinoamericana, como Alejo Carpentier (1904-1980), Ernesto Sábato (1911-2011). Carlos Fuentes (1928-), Gabriel García Márquez (1927-) y Mario Vargas Llosa (1936-).
Inquietudes políticas.
Cortázar fue un hombre de altos ideales, siempre en busca de respuestas a sus múltiples inquietudes.  Podría decirse que buscaba su superación y, por ello, también la del mundo.  No en balde escribió una vez:
Cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo.
A Cortázar le tocó vivir una época convulsa del planeta, en medio de las tensiones de la Guerra Fría con Latinoamérica como campo de batalla entre los bloques estadounidense y soviético.  Como otros idealistas, tenía pretensiones de cambiar el mundo.  Viene a colación una frase del gran dramaturgo, George Bernard Shaw (1856-1950), que encontró en un contemporáneo de Cortázar, Robert F. Kennedy (1925-1968), un elocuente difusor:
Están aquéllos que ven las cosas como son y se preguntan por qué.  Yo pienso en las cosas que nunca han sido y me pregunto por qué no.
Cortázar, como Shaw, pensaba en el hombre como un universo de posibilidades, donde el cultivo del conocimiento y la cultura permitían alcanzar estadios más altos y dignos de existencia (no en balde Shaw es el autor de Pigmalión).  Es por ello que, para él, lo que llamamos “absurdo” es en realidad nuestra ignorancia. 
Su interés por la política es obvio desde su juventud.  Ya había expresado desde entonces su desaprobación por el régimen corrupto y populista de Juan Domingo Perón (1895-1974), en grado suficiente para él como para renunciar a todos sus medios de ingreso y abandonar la Argentina para siempre.
A raíz de un viaje a Cuba, en 1963, comenzó su interés por la política latinoamericana.  Donó los derechos de autor de varias de sus obras para ayudar a los presos políticos de varios países, incluyendo los de la Argentina.  En esta donación estaban también los derechos de autor de su Libro de Manuel, por el que recibió el “Premio Médicis” en 1973.
En noviembre de 1970 viajó a Chile, donde se solidarizó con el gobierno de Salvador Allende (1908-1973), poco antes de su caída.  En 1971, sin embargo, tuvo conflictos con Fidel Castro (1926-) cuando pidió detalles al gobierno cubano sobre el arresto del poeta de ese país Heberto Padilla (1932-2000).   
En 1974, fue miembro del Tribunal Bertrand Russell II, reunido en Roma para examinar la situación política en América Latina, en particular las violaciones de los derechos humanos.
En 1976, vino a Costa Rica donde se reunió con los escritores nicaragüenses Sergio Ramírez (1942-) y Ernesto Cardenal (1925-).  Era la época de efervescencia, previa a la caída del dictador Anastasio Somoza (1925-1980).  Con ellos viajó a Nicaragua en forma clandestina y, tras esa aventura, se enamoró del país, al que volvería muchas veces una vez establecido el régimen sandinista.  Estas experiencias darían como resultado una serie de textos que serán recopilados en el libro Nicaragua, tan violentamente dulce.
En agosto de 1981 sufrió una hemorragia gástrica que lo puso al borde de la muerte.  Aquejado de leucemia, murió el 12 de febrero de 1984 a causa de una leucemia.  En su tumba, en el cementerio de Montparnasse, es frecuente encontrar, aún hoy día, una copa o un vaso de vino así como una hoja de papel o un billete de metro con una rayuela dibujada.
Importancia de su obra.  El testimonio de sus colegas.
Calificar a Cortázar por su color político es un error y una injusticia.  Por un lado, como artista, debe calificársele en función de su obra, que es buena e importante.  Por el otro, como político, debe comprenderse que fue un hombre de su tiempo, sujeto a las sensibilidades del momento y, por lo tanto, subjetivo en sus apreciaciones.  Ya seamos de izquierda o de derecha, o de cualquier ismo político o filosófico, el valor de Cortázar está por encima de esas manifestaciones.  Ya decía Jorge Luis Borges (1899-1986) sobre él, poniendo el dedo en la llaga en lo que toca al testimonio que podemos dar sobre un hombre de letras:
Julio Cortázar ha sido condenado, o aprobado, por sus opiniones políticas.  Fuera de la ética, entiendo que las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras.
En efecto, muchas de las causas políticas en las que Cortázar creyó ya no existen o tienen ahora una importancia menor.  Cortázar creyó firmemente en ellas porque esa fue su época y su circunstancia  –y esas convicciones, por sí mismas, son dignas de todo respeto– pero más que esas causas pasajeras en la vida del individuo, lo realmente significativo que dejó Cortázar fueron sus escritos, en los que dejó amplio testimonio de su genio y de sus habilidades narrativas.
Y, sin embargo, circunscribir a Cortázar a la literatura y la política es también un error.  Fue, en efecto, un hombre extremadamente culto (razón de más para rechazar todo intento de desacreditarlo por ser amigo de Fidel Castro o admirador del Ché Guevara), con una personalidad hipnótica, capaz de dejar huella en todo aquel que lo conoció, ya fuera personalmente o a través de su obra escrita.  Gabriel García Márquez se refirió a él con singular cariño, de una manera que vale la pena transcribir:
Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.
A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz.  La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas.  Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk [1917-1982].  No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas.  Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.
Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: La noche de [José] “Mantequilla” Nápoles [1940-].  Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios.  Fue otra experiencia deslumbrante.  Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía “Mantequilla” Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.
Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también las que mejor lo definían.  Eran los dos extremos de su personalidad.  En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos.  En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo que tierna y extraña.  En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer.
Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre [1905-1980] lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos.  Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de Lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta, entre peloteros más mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquél era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande.  Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.  (…)
Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias.  Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción.  Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo.  Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte.  Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios.  Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente.  En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse.  Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar.  Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.
Ambigüedad, relatividad y realidad: la importancia de la fantasía en Cortázar.
Cortázar es especialmente célebre por su prosa.  Su manejo del cuento o relato es verdaderamente maestro y es modelo de todo lo que se escribe en ese género desde entonces.  Debido a la influencia del  existencialismo y del surrealismo en su obra, Cortázar trata de mostrar al lector que no hay una interpretación sola de la realidad o de la verdad, sino tantas como personas y circunstancias hay en cada caso.   
En general su obra se relaciona con lo fantástico; es decir, aquello que nos saca de la caja rutinaria en la que vivimos, no obstante la presencia de los elementos conocidos y naturales de nuestra cotidianeidad.  Para él el cuento es la casa donde habita lo fantástico; es decir, la sede de la literatura fantástica.
Ese “sentimiento de lo fantástico”, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante.

Ese sentimiento, que creo se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. Eso no es ninguna cosa excepcional, para gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese extrañamiento, está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de, de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar.
 (…)
Lo fantástico y lo misterioso no son solamente las grandes imaginaciones del cine, de la literatura, los cuentos y las novelas. Está presente en nosotros mismos, en eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni la filosofía consiguen explicar más que de una manera primaria y rudimentaria.
En la literatura lo fantástico encuentra su vehículo y su casa natural en el cuento y entonces, a mí personalmente no me sorprende, que habiendo vivido siempre con la sensación de que entre lo fantástico y lo real no había límites precisos, cuando empecé a escribir cuentos ellos fueran de una manera casi natural, yo diría casi fatal, cuentos fantásticos.
Al final de una conferencia suya, dictada no muchos años antes de su muerte, Cortázar narra una experiencia interesante:
Terminaré este pequeño recuento de anécdotas con algo que me ha sucedido hace aproximadamente un año.  Ocho años atrás escribí un cuento fantástico que se llama “Instrucciones para John Howell”, no les voy a contar el cuento; la situación central es la de un hombre que va al teatro y asiste al primer acto de una comedia, más o menos vanal, que no le interesa demasiado; en el intervalo entre el primero y el segundo acto dos personas lo invitan a seguirlos y lo llevan a los camerinos, y antes de que él pueda darse cuenta de lo que está sucediendo, le ponen una peluca, le ponen unos anteojos y le dicen que en el segundo acto él va a representar el papel del actor que había visto antes y que se llama John Howell en la pieza.
“Usted será John Howell”.  Él quiere protestar y preguntar qué clase de broma estúpida es esa, pero se da cuenta en el momento de que hay una amenaza latente, de que si él se resiste puede pasarle algo muy grave, pueden matarlo.  Antes de darse cuenta de nada escucha que le dicen “salga a escena, improvise, haga lo que quiera, el juego es así”, y lo empujan y él se encuentra ante el público...  No les voy a contar el final del cuento, que es fantástico, pero sí lo que sucedió después.
El año pasado recibí desde Nueva York una carta firmada por una persona que se llama John Howell. Esa persona me decía lo siguiente: “  Yo me llamo John Howell, soy un estudiante de la universidad de Columbia, y me ha sucedido esto; yo había leído varios libros suyos, que me habían gustado, que me habían interesado, a tal punto que estuve en París hace dos años y por timidez no me animé a buscarlo y hablar con usted.  En el hotel escribí un cuento en el cual usted es el protagonista, es decir que, como París me ha gustado mucho, y usted vive en París, me pareció un homenaje, una prueba de amistad, aunque no nos conociéramos, hacerlo intervenir a usted como personaje.  Luego, volví a N.Y, me encontré con un amigo que tiene un conjunto de teatro de aficionados y me invitó a participar en una representación; yo no soy actor, decía John, y no tenía muchas ganas de hacer eso, pero mi amigo insistió porque había otro actor enfermo.  Insistió y entonces yo me aprendí el papel en dos o tres días y me divertí bastante.  En ese momento entré en una librería y encontré un libro de cuentos suyos donde había un cuento que se llamaba “Instrucciones para John Howell”  ¿Cómo puede usted explicarme esto, agregaba, cómo es posible que usted haya escrito un cuento sobre alguien que se llama John Howell, que también entra de alguna manera un poco forzado en el teatro, y yo, John Howell, he escrito en París un cuento sobre alguien que se llama Julio Cortázar.
Yo los dejo a ustedes con esta pequeña apertura, sobre el misterio y lo fantástico, para que cada uno apele a su propia imaginación y a su propia reflexión.
Lo lúdico como parte del proceso creador de Cortázar.
El otro elemento esencial  de la narrativa en Cortázar es lo referente al juego; es decir, el mundo de lo lúdico.  Cortázar jugaba con sus textos e incluso con sus palabras.
El escritor bromea con lo qué dicen de él y de su obra.  (…) Con el texto –con la producción intelectual de Cortázar– lo que se quiere es “jugar”.  Pero le confiero al juego leyes similares a los juegos de nuestra infancia.  Y, teniendo entonces en cuenta los preceptos del juego, podrían ser interpretados los impulsos creativos de Cortázar, con la irregularidad de su sensibilidad en caso de valernos de sus afirmaciones.  Cuando dice, éste (Cortázar) en entrevista con Manuel Pereira en 1993, que no creo que sea nostalgia de la infancia, yo creo que en mi caso es permanencia de la infancia.  De esto se trata, permanecer en la infancia junto a la obra: vida y obra logran reunirse ineludiblemente.
Muchos títulos son evocadores de la infancia, por ejemplo: “Rayuela” es el nombre de un juego; “62 modelo para armar” es un rompecabezas; “La vuelta al día en 80 mundos”, “Final del juego”, otra vez la palabra juego.  A lo que responde Cortázar:
“No es un juego.  Lo que sí creo es que la literatura tiene un margen, una latitud tan grande que permite, e incluso reclama –por lo menos para mí– una dimensión lúdica que la convierte en un gran juego.  Un juego en el que puedes arriesgar tu vida. (...), pero que conserva características lúdicas.  (...)  La literatura hace pensar en deportes como el basquetbol, el fútbol (...), en donde el arte combinatorio, la creación de estrategias son elementales.  Sin eso no habría juego”.
No debemos olvidar que la literatura es el ámbito del arte; es decir, el espacio en el que la imaginación, la recreación y la fantasía se manifiestan con mayor libertad.  Por ello, se admite la intuición personal del escritor como una herramienta para que este juegue en el desarrollo de tramas literarias y de técnicas para ilustrarlas.  Esto implica subjetividades, ambigüedades y una cantidad infinita de interpretaciones.  De esta conjunción de factores deriva el interés del lector y su eventual satisfacción, cuando no verdadero una sensación de placer.   
Julio Cortázar juega con los textos y con las palabras para jugar con nosotros, pero a la vez nos deja participar del juego y contribuir, de esa forma, al proceso creador de la obra.  De nuevo, ello implica ambigüedad, amplitud, subjetividad y, especialmente, una gran maestría para pensar y escribir la obra.
La ambigüedad lúdica es, en efecto, un rasgo que caracteriza a Cortázar.  Los recuerdos de Cortázar, aunado a su imaginación y a su capacidad para comunicar imágenes tangibles, son un deleite intelectual de alto nivel, aún comparado con cualquier otro autor literario.  Esos recuerdos, así transformados por su subjetividad artística, son el nexo que existe entre la realidad ocurrida y la realidad comunicada.  Al mismo tiempo, dichos recuerdos son una ilustración psicológica; esto es, una clara descripción del comportamiento intuitivo del conocimiento personal, por el cual un artista se apropia de la realidad y la hace enteramente suya para compartirla con los demás. De allí deviene lo maravilloso como uno de los juegos de la ilusión, que interpreta y recrea la vida misma en torno a nuestras experiencias y anhelos.
La poesía.
Aunque no fuera su campo usual, Cortázar también incursionó en la poesía.  Como él mismo afirmó:
Yo he sido siempre y primordialmente considerado como un prosista.  La poesía es un poco mi juego secreto.
Esa poesía es dulce y melancólica.  Está llena de sentimiento, pero con un tono que apunta a los poetas malditos de finales del siglo XIX, en París, como Tristan Corbière (1845-1875), Arthur Rimbaud (1854-1891), Stéphane Mallarmé (1842-1898), Auguste Villiers de L'Isle-Adam (1838-1889) y Paul Verlaine (1844-1896).  Cortázar se refiere al amor y, como en otras de sus obras, a la angustia de vivir y de buscar o perder lo que uno ama.  Algunos ejemplos ilustran lo anterior:
Y diré las palabras que se dicen, y comeré las cosas que se comen, y soñaré las cosas que se sueñan, y sé muy bien que no estarás.
No estarás para nada, no serás ni recuerdo, y cuando piense en ti pensaré un pensamiento que oscuramente trata de acordarse de ti.
Creo que no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte.  Como el guante izquierdo enamorado de la mano derecha.
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En relación con Cortázar, presentaremos un interesante documental, que recoge la información sobre la vida de este escritor y su obra.  Están todos invitados a disfrutarlo.
Saludos,

Carlos.